domingo, 3 de julio de 2016

LOS NOVIOS BÚLGAROS, de Eduardo Mendicutti

Estamos bien acostumbrados a ver referencias en la cultura y literatura búlgaras sobre España. El escritor Dimitar Dimov escribió libros ambientados en España. El rey búlgaro Simeón que fue primer ministro de la República de Bulgaria ha vivido en España, habla español perfectamente y ha estado asentado en nuestro país como exiliado. En Bulgaria, como en el resto del mundo, conocen El Quijote. En el desconocido país balcánico, la lengua, la literatura, la cultura y el folclore de España está muy presentes. 

Por eso para los búlgaros es muy curioso que un extranjero se interese por su país y su lengua. Todos los búlgaros que he conocido me han hecho la gran pregunta: por qué. Algunos, asombrados totalmente desde la curiosidad y con una gran sonrisa en la cara, y otros me lanzaban la inquietante pregunta antes de soltarme el exabrupto de "para qué quieres eso, no te va a servir de nada".

Pues bien, una cosa más interesante aún desde mi punto de vista es cuando en alguna obra española escrita por un español, se habla o se menciona a Bulgaria. Este es el caso del escritor Eduardo Mendicutti, que conoció Bulgaria y que escribió una novela que trata el extraño triángulo que se forma entre una pareja búlgara -ella, residente en Alemania, él, buscándose la vida en Madrid vendiendo su cuerpo- y un hombre de negocios español. 

Kiril es un búlgaro que llega a España porque es un disidente político, en sus palabras, pero evidentemente, es un ejemplo, o más bien un anticipo, de los miles de búlgaros que llegarían a nuestro país en la década de los 90 y principios del 2000 como exiliados económicos.

Personalmente me resultó tremendamente curioso que el autor de esta novela es de mi ciudad natal: Sanlúcar de Barrameda. Yo sabía que se trataba de un escritor de renombre, que había escrito muchos libros y que dos de ellos habían llegado a la gran pantalla. También sabía que muchos de sus libros tratan temas como la homosexualidad y el travestismo. Pero siempre fui posponiendo su lectura.
Pero fue en navidad cuando mi novio me regaló tres libros de Eduardo Mendicutti: Los Novios Búlgaros, Una mala noche la tiene cualquiera y El Palomo Cojo. La obra más conocida del autor es la última, pero... ¡adivinad cuál leí primero!



                                












La lectura de Los Novios Búlgaros me aportó muchas cosas:
  • por una parte narra una historia de amor, de pasión, entre un ejecutivo español que ha caído ante el encanto de un chapero búlgaro que parece que solo lo quiere por su dinero. Nada extraño, pues el chaval es prostituto y se dedica a lo que se dedica. Pero la historia engancha cuando descubres que en Kiril también surgen sentimientos hacia su ejecutivo español. Pero Kiril siempre jugará a dos bandas, pues no cortará su relación con Kalina, mientras que el ejecutivo, Daniel, acabará no solo financiando a Kiril sus occidentales y excéntricos caprichos, sino que también irá a la boda de ambos en Bulgaria e incluso invitará a Kalina a España cuando por entonces hacía falta carta de invitación y visado.
  • La otra cosa que me aportó esta lectura fue conocer el relato, las descripciones que otro español da sobre Bulgaria. Y, concretamente, sobre la Bulgaria socialista. La forma de Mendicutti de describir el alma, el carácter búlgaro es cuanto menos graciosa e interesante. 


Pero si esta obra es leída por un búlgaro o por un español que conozca mínimamente el país, va a resultar más que fructífera.

Recomiendo su lectura o por lo menos que veáis la película. Aunque varios amigos me han dicho que la peli no les ha gustado. A mi no me desagradó, aunque evidentemente el libro me pareció mucho mejor, como suele ocurrir.








Os dejo algunos estractos del libro que me han parecido interesantes:
 

-No tienes que poner el resto del dinero, dijo, comprendiendo que era necesario tranquilizarme. Puedes firmar letras.

Para ser búlgaro, y estar recién llegado a la jungla del libre mercado, parecía informadísimo. 
-Kiril, me lo pensaré.
-No lo pienses mucho, por favor.
Podría ser una súplica, o una amenaza, o las dos cosas. El idioma búlgaro tiene una fonética áspera, y eso hacía que, cuando Kiril y todos los demás búlgaros se expresaban en español con el acento inevitable, resultara difícil distinguir ciertos matices. De todos modos, me amenazara o me suplicase, no me lo pensé demasiado. Decidí que, si no quería ser un simple consumidor de desdichas búlgaras, mi obligación era aportar un poco de buen juicio a la incorporación de la juventud eslava al capitalismo.

***

La verdad, no me parecía justo que a Kalina se le ocultase todo y a mí me lo restregase por la cara, como si yo no tuviese estómago ni corazón. Por tanto, si la solución era que se metiese con la complaciente y esforzada búlgara en uno de aquellos cochambrosos cubículos para disfrute de mirones huidizos y onanistas, adelante. A los dos nos serviría de penitencia. 
-¿No te importa?      
-Claro que me importa, Kiril, pero si vas a ganar tanto dinero como dices, no tengo derecho a prohibírtelo.
Me había llamado por teléfono para decirme que quería verme. A los diez minutos se presentó en mi casa muy acicalado y me abrazó como si estuviera a punto de emprender un viaje lleno de peligros. Sin duda, su intención era impresionarme, que yo fuera consciente de la dimensión de su sacrificio. Me advirtió que no se me ocurriera presentarme en el sexshop para martirizarme con su actuación, porque me mataría allí mismo.

 ***

Ponía "Kalima". A Kalina no le hacía la menor gracia casarse con el nombre desfigurado, y no sirvieron de nada las súplicas de Kiril para que lo dejase estar. 
 -¿Se puede corregir algo? la novia búlgara estaba dispuesta a poner en juego todo el candor infantil que era capaz de aparentar.
-Si es poca cosa... Advirtió la oficial, desconfiada.
-Es solo una letra de mi nombre, es que no me llamo Kalima, me llamo Kalina. Con n. Como... Nevski.
-¿Como qué? Todos nos reímos, la cámara tembló en las manos de Emil y en la cinta de vídeo se identifica con claridad el momento en que Kalina reclama la ene de su nombre.
La oficial del juzgado no tenía la menor idea de quién podía ser Aleksander Nevski, no sospechaba que tal señor tiene a su nombre la iglesia más hermosa de Sofía, no podía adivinar el reflejo emotivo de Kalina que sin duda soñaba con casarse ahí, entre mucha seda salvaje y mucha jardinería y a quién no podía ocurrírsele ninguna otra palabra escrita con ene.

 ***

Conservo dos billetes de veinte lebas, pero ni siquiera recuerdo el cambio. Es, en cualquier caso, todo lo que queda de los dos mil dólares que Kiril, Kalina y yo llevamos a Sofía en un viaje que tuvo algo de peregrinación, de identificación y consolidación familiar, de experiencia mística, de petición de mano por mi parte a los padres de Kiril, a la madre de Kalina, a los mejores amigos de ambos y a los santos Cirilo y Metodio, patronos de las lenguas minoritarias aunque selectas. Un viaje, sobre todo, interior.

***

Por otro lado, el horario de atención al público era ridículamente corto, dos horas, de 9:30 a 11:30, y esto provocó que cuando apenas faltaban 20 minutos para el cierre, todo el mundo se apelotonara en el pequeño vestíbulo del consulado, frente a la ventanilla donde una búlgara parsimoniosa y satisfecha de su misión en el mundo recogía y revisaba la documentación y atendía las consultas, dispuesta a no inmutarse, a no conmoverse, cualquiera que fuese la desgarradora historia que le contasen. No sé si por culpa de la aspereza del idioma (el búlgaro está lleno de aristas fonéticas y de contrastes tonales) las palabras de los que entregaban la solicitud o pedían explicaciones, traducían una ansiedad, una angustia que no se le correspondían con la mesura de los gestos y con una contención corporal que se diría hija de la resignación.      


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