viernes, 13 de marzo de 2015

La huída

Hoy, 9 de marzo, ha comenzado el curso, por fin. Sigue nevando en Sofía, es difícil andar por la calle, y aunque el paisaje es precioso, la incomodidad, el no estar acostumbrado a la nieve, a este frío, y a la cutre residencia en la que me han alojado, me hacen, sobretodo esto último, sentirme deprimido, triste y desubicado.
Por la mañana temprano voy hacia el lugar donde me habían citado, y la primera pregunta que me hacen es si tengo el dinero en euros o en leva. Lo tenía todo en euros, pero no era suficiente para pagar el curso (que cuesta 679lev ~ 340€). Así que debía ir al banco a sacar dinero, pero tuve problemas con la tarjeta y no pude sacar nada. Hablo con ellos, en la oficina, y me dicen que no hay problema, que puedo pagar al día siguiente.

En clase estabamos cuatro alumnos. Al parecer, de entre todos los niveles que hay, soy la única persona que ha venido a Sofía expresamente para hacer este curso; los otros son extranjeros que por una u otra razón están viviendo aquí y no saben hablar la lengua. Mi grupo es internacional: un chaval griego de mi edad, una señora rumana y un señor de Bélgica. Todos, a su manera, son un tanto extraños, pero simpáticos. Después de clase, hablo con la profesora que me examinó para clasificar mi nivel y decidir en qué grupo meterme, y le comento la lamentable situación de la habitación en la que me han alojado, y tras enseñarle fotos, me comenta que intente buscarme otro sitio. No me ayuda, no me orienta. No me dice dónde puedo ir, simplemente me dio el empujón que necesitaba: "búscate otro sitio, vas a estar mejor".


Nada más hablar con ella lo decido: voy a ir al albergue donde me quedé el sábado, el día que llegé, antes de empezar el curso, a preguntarles cuánto me costaría estar tres semanas...


A las dos y media quedo con Libo, un chico que conocí por internet antes de mi llegada a Sofía, para hablar. Le pedí que me acompañara a hacer las gestiones: preguntar al albergue, e ir después a la residencia a explicarles que me voy y hacer la mudanza. En el albergue me comentan que me costaría 18 leva (9€) la noche, incluído desayuno y cena, sin almuerzo. Teniendo en cuenta que la residencia me cobraba 5,5€ la noche sin ninguna comida, y que tengo que comer, por tanto, siempre en la calle, es una buena oferta. Pero aunque no supusiera ahorro ninguno con respecto a la residencia, ver el estado en el que estaba ésta, es motivo más que suficiente para aceptar cualquier condición con tal de escapar de aquel antro lúgubre.

Después de aceptar encantado las condiciones del "Hostel Mostel", Libo y yo vamos a la residencia. Entramos en la oficina donde me presenté esa misma mañana, a explicarles que me voy de la residencia, y la señora, al percatarse de que soy extranjero, me explica gritándome muy alto y abriendo mucho la boca, como si tuviera algún tipo de problema cognitivo, que vaya a ver a la señora tal, que está en la planta 3 de la residencia a comentarle que me voy.
Nos montamos en el ascensor, que, aunque no aparece en esta imagen, en varias plantas tiene un candado cerrado en el tirador, que se engancha a la pared, como para cerrarlo desde fuera.

El caso es que, después de hablar con esta señora y comentarle que me voy, quién, por cierto, me habló también gritándome, nos vamos al ascensor para subir a la planta 5, donde estaba mi suit. Ella nos acompaña hasta la puerta para despedirnos cálidamente, y cuando entramos al ascensor, nos cierra la puerta con sus manos, y pone el candado, dejando la puerta del ascensor cerrada, atrancada, desde fuera. Libo me dice "I am flipping", y yo, más percatado que él, le digo: "si flipas tú, que eres de aquí, imagínate yo...".

Vamos a la habitación del terror, recogemos las cosas, y bajamos a dejar la llave en conserjería. Fuera nieva, por lo que cogemos un taxi hasta mi nuevo y verdadero hogar.

Después de dejar las cosas en el albergue, vamos a hacer unas cuantas gestiones más... Preguntar, por ejemplo, si hay algún tipo de abono transporte para estudiantes. Fuimos a la taquilla de una estación de metro, y mientras Libo le explicaba a la vendedora qué es lo que necesitaba, ésta parecía escucharle sin levantar la vista del interesante libro que parecía leer. Cuando se lo explicó, ella levantó la vista de su libro y le dijo en seco: "Ne". Adiós, pues.
La siguiente gestión fue en un banco, ya que tenía que cambiar los euros a levas para pagar el curso. Nos acercamos a una chica, y con miedo le preguntamos si se puede cambiar dinero. Con miedo, le preguntamos si podemos sentarnos. Con miedo le doy el dinero. Con miedo le doy el DNI. Con miedo, cogo el dinero en levas. Con miedo le digo adiós. Su extremada seriedad, sus bordes y secas respuestas, su mirada, eran el motivo de todo esto. Salimos del banco, el frío y la nieve persisten bajo el nublado cielo, bajo aquella nube que todavía no se ha dignado a abandonar esta ¿alegre? ciudad, y parece increíble que haya hecho tantas cosas en un solo día, y que haya tenido tantas experiencias costrosas con la simpatía y la cutrez búlgaras más profundas.

Sin embargo, empieza una nueva etapa, marcada por un ambiente menos depresivo, más alegre, y con wifi.


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