martes, 2 de septiembre de 2014

Breve Introducción a la Teoría Literaria, Jonathan Culler. RESUMEN

Si estudias en la UCM alguna filología y en la asignatura Introducción Teórica a los Estudios Literarios tienes a Fernando Ángel, el posmoderno, te hará leerte el libro de Jonathan Culler Breve Introducción a la Teoría Literaria. Es un libro muy interesante si te gusta el tema, pero si no, puede resultar un tostón infumable. 
Pero es de los libros de teoría más amenos que he leído, sobretodo las cien primeras páginas... Lás últimas se vuelven un poco más aburridas.
Si por lo que sea tienes que leerte este libro, aquí dejo un resumen y un comentario crítico que escribí como trabajo para la asignatura. El trabajo en sí no tenía nota pero mi nota global fue un 10, así que seguramente esté muy bien.




RESUMEN

Jonathan Culler comienza afirmando que la teoría son un puñado de nombres extranjeros: Derrida, Foucault, Lacan, etc... Considera que su efecto más importante es que pone en duda el “sentido común”, e intenta demostrar que éste es una construcción histórica. Entonces se remite a Foucault, quién planteó que el sexo es una idea compleja creada por la confluencia en el siglo XIX de un conglomerado de prácticas sociales, investigaciones, y creada por prácticas discursivas, cuya teoría ha demostrado ser muy interesante para los estudiosos de la literatura ya que trata de sexo, y en ella se construye esa idea. Continúa hablando de la diferencia entre realidad y apariencia. El habla parece ser la manifestación inmediata del pensamiento y la escritura se ha considerado una representación artificial y secundaria del habla. Rousseau se inscribe en esa tradición, considerando la escritura como suplemento al habla. Entonces Derrida interviene y se pregunta qué es un suplemento. Derrida quiere explicarnos qué dicen los textos de Rousseau y Foucault analiza un momento histórico determinado.
Según Culler debemos preuntarnos qué es lo que nos impulsa a tratar algo como literatura. Si se aísla el lenguaje de otros contextos, puede ser interpretado como literatura. Pero si la literatura es lenguaje descontextualizado, es también en sí misma un contexto. Culler considera que hay maneras de manejar el lenguaje que nos indique que es literatura y que cuando sabemos que lo es, le prestamos especial atención. La literatura trae a primer plano el lenguaje, lo integra... Es ficción, y es un objeto estético cuya finalidad es el placer mismo de la creación. La literatura es una construcción intertextual. La teoría reciente afirma que las obras literarias se crean a partir de otras obras. Una interesante reflexión cuestiona si la literatura es un instrumento ideológico o un medio para aleecionar al lector.
Para Culler no hay necesidad de conflicto entre los estudios culturales y los literarios. Los estudios literarios se beneficiarían si la literatura se estudiara como una práctica cultural singular y se pusieran sus obras en relación con discursos de otra clase. Los métodos de análisis en los estudios literarios y culturales generan diferencias, pues los estudios culturales aplicaron el método de análisis literario a los estudios culturales. Los estudios culturales podrían considerarse un estudio interdisciplinario de las prácticas y representaciones culturales.
Más adelante, se pregunta si la literatura es un tipo de lenguaje o un uso especial del mismo. Para Saussure, un lenguaje es un sistema de diferencias. Chomsky, en cambio, defiende que la tarea del lingüista es reconstruir la competencia lingüística de un hablante nativo ideal. Más adelante, el autor se plantea de qué forma se relacionan el lenguaje y el mundo, a lo que da dos respuestas: la idea de sentido común (el lenguaje proporciona nombres a pensamientos que existen) y la hipótesis de Sapir-Whorf (el lenguaje determina lo que podemos pensar). Para Culler el lenguaje que crea sus categorías, y las obras literarias las exploran. Mientras la poética parte de efectos comprobados y se pregunta cómo se logran, la hermenéutica parte de los textos y se pregunta qué significan, queriendo descubrir interpretaciones nuevas.
La retórica distinguía entre “tropos”, que cambian el significado de una palabra, y las otras figuras indirectas, como la aliteración. Sin embargo, la teoría reciente no hace esa distinción. Derrida muestra cómo las explicaciones teóricas de la metáfora reposan sobre metáforas. Uno de los mayores problemas de la teoría de la poesía es establecer la relación entre el poema como estructura compuesta de palabras y el poema como acto. La poesía causa placer, por lo que no es necesario preguntarse qué significa. La base de la poesía está en volver extraño el lenguaje y traerlo a primer término a traves de la estructuración métrica y la repetición de sonidos.
La primera pregunta para la narratología podría ser qué es aquello que nos permite distinguir entre una narración que acaba “como debe ser” y otra que no.
El acto de narrar una historia se convierte en un acontecimiento dentro de la narración, cuyas consecuencias supondrá una cuestión clave. Muchas narraciones persiguen el objetivo de entretener a los lectores. La pregunta que debe hacerse la narratología es, según Culler, si es la narración una fuente de conocimiento o de ilusión.
Austin propuso la diferencia entre los enunciados constatativos, que hacen una afirmación y son verdaderos o falsos y los enunciados realizativos, que realizan la acción que describen (prometo que...), donde el enunciado es ya en sí el acto. Los teóricos afirman que se debe prestar atención a lo que el lenguaje literario hace. Butler concibe el género sexual como un realizativo, ya que no es lo que uno es sino lo que uno hace: el género lo crean nuestros actos.
Culler se plantea si el yo es algo dado o construido, por lo que comenta las explicaciones de las distintas corrientes: El psicoanálisis concibe al sujeto como producto de la intersección de distintos mecanisos. La teoría marxista considera que el sujeto está determinado por su posición en una clase. El feminismo destaca el impacto que desarrollan los papeles del género para hacer al sujeto lo que es. La Queer Theory defiende que el sujeto heterosexual se construye mediante la represión de la posibilidad de la homosexualidad. La teoría se ha inclinado por defender que ser un sujeto es estar siempre sujeto a diversos poderes. Los personajes se resisten o se adaptan a las normas y expectativas sociales. Lacan considera que la identidad es un producto de una serie de identificaciones parciales.
Culler concluye que la teoría no origina soluciones armoniosas, sino la expectativa de pensamiento futuro. La teoría es infinita en cuanto al número y la diversidad de los análisis: es un proyecto de pensamiento en marcha que no se detiene.







COMENTARIO CRÍTICO

La teoría está cargada de incensantes reflexiones sobre el ser, la naturaleza, la función, la que debería ser función, el efecto, el potencial efecto, y el que debería ser. La teoría es, como bien destaca Culler, un conglomerado de nombres extranjeros. “¿¡Que no conoces el panarquismo expuesto por Max Nettlau, ni la visión de Volin de la revolución rusa!? ¿Entonces como puedes considerarte anarquista?”, “¿¡Si no has leído a Sedgwick, Lauretis, Butler y Wittig qué haces en esta reunión de super queers?” Sin embargo, podemos considerar que hay mucho pseudoacademicismo dentro de muchos “teóricos”. Con pseudo academicismo podemos referirnos, precisamente, al uso de vocablos impronunciables, efecto de una unión de prefijos y sufijos, así como el empleo de palabras inventadas, copiadas; del uso excesivo de expresiones extranjeras o latinas, de continuas citas a obras que nadie ha leído y a autores que todos deberíamos ya conocer. La teoría, la academia, parece ser un mundo en el que todo aquel “ingenuo” desconocedor de la sagrada verdad de Marx, Russel, Heiddeger o Nietzsche no tiene cabida. Como bien afirma nuestro autor, uno de los problemas de la teoría es que es inabarcable y que no tiene fin, y por tanto, estamos expuestos a la pregunta inquisidora de: ¿que no has leido este artículo, a este increíble autor? La teoría está en continua expansión, y es imposible abarcarla toda. Debemos estar cerca a ella en cuanto que es la base de nuestra filosofía, de nuestra moral y política. Lo que debería tenerse en cuenta es cómo hacer la teoría más cercana a aquellos que no tienen ni por asomo la intención de acercarse a ella. Para empezar, quizás una teoría más “pedagógica”, menos “hecha para expertos”, sería viable. Este mismo libro, puede recibir esta crítica: pese a ser una breve introducción, el autor no para de citar autores y escuelas y empleando un lenguaje y vocabulario no muy digerible, que necesita, en muchos casos, del estudio previo de los citados autores. Por otra parte, y desde una posición escéptica, podemos considerar la inutilidad de la teoría, llegando a la cuestión de ¿por qué seguimos estudiando, analizando e intentando descrifrar esos jeroglíficos? Estamos ante la necesidad del hombre de formarse, de luchar por unos propósitos, que están escritos en libros. No podemos pretender hacer la revolución sin tener unas nociones básicas de lo que significa esta palabra para el liberalismo, el marxismo, el anarquismo, y mucho menos si no hemos estudiado, aunque sea de asomo, las revoluciones que han poblado los últimos siglos el planeta. La teoría literaria presenta la paradoja de la inutilidad: ¿para qué sirve estudiar la literatura? ¿para qué buscar la causa del efecto que nos produce una obra cuando está claro que algo nos produce? Sin embargo, desde que el hombre empezó a filosofar, ha visto la necesidad de dar la explicación científica a todo lo que acontece el mundo, y la literatura no es algo que esté aislado; la literatura, como el arte en general, es una vía de escape a la realidad, un espacio en el que desarrollar nuestro más sincero subconsciente, donde contar experiencias vividas, donde recrearlas y darles forma. Necesitamos la competencia narrativa; bien escribiendo, bien escuchando cuentos, bien leyendo. Y no podemos vivir sin ellas. Son parte de nuestro ser, las necesitamos para soñar, para creer, y para luchar. Por tanto, podemos considerar útil, o al menos interesante, su estudio, puesto que no deja de ser el estudio de una de las ramas en las que el ser humano se desenvuelve. Pero dejando de lado la cuestión de si es útil el estudio de la literatura como rama de sabiduría, o de expresión de la misma, un tema incluso más interesante es la utilidad de la literatura por sí misma. ¿Qué fin tiene una obra literaria? ¿crear placer? Y… ¿eso de qué sirve, cuando hay otras muchas formas de diversión? ¿Por qué priorizar la lectura de Pío Baroja o los poemas de Miguel Hernández a la Play Station o Sálvame? Aquí nos encontramos de golpe con la posmodernidad que acontece el mundo: todo, absolutamente todo, vale. Todo tiene cabida. La razón como sistema de pensamiento no es fiable. Los medios de comunicación son terriblemente poderosos; somos ya cyborgs mutantes.
Si queremos convencer a un niño de doce años a que lea en vez de jugar a la consola, vemos peligrar nuestros argumentos. Leer puede resultar divertido, pero dicha función también la cumplen los juegos. Leer facilita la comprensión lectora; ¡y jugar nos hace hábiles visualmente! Desgraciadamente, no hay ningún motivo concreto sólido para animar a alguien a leer: de hecho, el
escritor francés Daniel Pennac lo dice claro en su libro “Como una novela”, en el que el derecho de no leer un libro, está entre los diez derechos del lector. La lectura es un pasatiempo, una forma de crear mundos nuevos, ingresar de lleno en lugares, historias y personajes que nos gustaría ser; es una vía de escape de nuestro horrible mundo. La lectura es una forma más de diversión dentro de nuestro gran marco de ocio, y tambien, de represión, de obligación: la imposición de largas y aburridas lecturas a niños de 10, 12 y 25 años; de primaria, de bachillerato, y de universidad. Imponer la lectura a modo de imperativo categórico no induce a la lectura, sino a odiarla.
Volviendo a la teoría literaria, esta es uno de los muchos estudios económicamente improductivos para el capitalismo: como tal, no genera ningún beneficio. Y esto es un factor determinante que, junto con el entretenimiento colectivo inducido a priori que los medios de comunicación ejercen sobre la sociedad, hacen ver a la literatura, y al estudio de ésta, como algo inútil, innecesario, prescindible; en definitiva, improductivo.
El postestructuralismo viene el estructuralismo y la hermenéutica. Ésta última interpreta los textos y los lee desde la nada. Con el estructuralismo se busca “lo fundamental”, “lo primero”. Saussure afirma que en la lengua no hay nada principal, y que todo es estructural. Por ejemplo, para Strauss la escultura es estructura. El postestructuralismo desmenuza la estructura. Considera que lo natural no es original. Se tienen que dar las condiciones sociales para que el estado natural del hombre pueda desarrollarse. Considera que no hay una naturaleza original. La red se sostiene por “estar” hecha. No tiene fundamentos: las justificaciones son los demás modos. Foucault ha sido considerado el gran posmoderno y postestructuralista, aunque él negara dichas  etiquetas. Sin duda alguna fue un filósofo brillente que comenzó a investigar las relaciones de poder y la legitimización de las prácticas sexuales, así como la historia de la sexualidad, de su represión, de sus manifestaciones, prácticas, etc... La burguesía industrial del siglo XIX comenzó a darle un gran valor a la familia tradicional como pilar de una sociedad estable. Dentro de la familia tradicional, la reproducción era esencial para producir nueva potencial mano de obra. Karl-Maria Kertbeny en 1869 creó el término homosexual para clasificar a personas del mismo sexo biológico que sienten atracción sexual entre ellas, y tuvo muy buena acogida entre la comunidad científica. No obstante, años atrás, el abogado y primer activista gay moderno Karl Heinrich Ulrichs intentó hacer una descripción de las distintas sexualidades (Urning, Dioning, Uranodioning...). Entonces, el moderno término de Kertbeny es empleado por los discursos médico-jurídicos y por la propia burguesía para clasificar a las personas y convertirlas en “algo distinto”, de “otra especie”, pues es mucho más fácil controlar y reprimir (cuando sea necesario, pues en la Posmodernidad actual, los dildos son instrumentos de placer y son meras representaciones de aquellos aparatos que en el siglo XIX el médico John Harvey Kellogg empleaba contra las mujeres que sufrían de histeria) cuando sea necesario. La clasificación favorece al opresor porque tiene mejor controlado a los oprimidos, pero también les favorece a éstos últimos, pues, al ponerle una careta, una identificación que le diferencia, le margina del resto, y pueden rebelarse como grupo oprimido: antes se castigaban actos sexuales concretos (sexo anal, postura sexual del jinete, etc...), pero a partir de ese momento, uno no hace “algo malo”, sino que “es malo”; no practica la sodomía, sino que es homosexual. No practica la postura del jinete, sino que es jineteador. Este “ser” malo deviene intrínseco en la condición de esa persona, es su máxima expresión, una característica más, que se trata de defecto. La teoría queer, gran influenciada del postestructuralismo, la posmodernidad, y como no, de los estudios de Foucault sobre la sexualidad, cuestiona la supuesta verdad escondida tras conceptos tan naturalizados como sexo, orientación sexual y por supuesto, el género. La clasificación social de acuerdo a estos patrones facilita el control político. Se es mujer, heterosexual, femenina, o se es hombre, heterosexual, masculino; el régimen moral heteropatriarcal no admite otra posibilidad, otra realidad. Butler está bastante acertada cuando afirma que “El género es una copia sin original”. Es, pues, un realizativo: un acto repetitivo, que se describe por sí mismo, y que
simplemente, ES.
Como antes se ha mencionado, la literatura, a la vez de ser un obstáculo para el sistema, es también, un mecanismo; libros como los publicados por Belén Estéban y Jorge Javier Vázquez encuadran perfectamente en la clasificación que hace Chomsky de los medios de comunicación como capitalizadores de la atención de la sociedad; y sin embargo no son programas de cotilleo, sino libros, y además, con miles y miles de ejemplares vendidos. La literatura subversiva tiene también el problema del oligopolio de las grandes editoriales. Las editoriales emplean su subjetividad para decidir qué es digno de leerse y comercializarse, y por supuesto, con la ayuda de los mecanismos de opresión del Estado (por ejemplo, el libro “La insurrección que viene”, fue publicado y más tarde censurado en Francia y detenido su supuesto escritor).
En conclusión, podemos afirmar que la literatura no tiene valor por sí misma, y por tanto, muchísimo menos su estudio; sin embargo no por eso debemos hacer apología antilectora. Como ya se ha mencionado, es el vehículo de la cultura, del saber, y debe estar a entera disposición de todo aquél que quiera conocer nuestro pasado, nuestro presente, y que, por qué no, quiera escribir nuestro futuro como sociedad que cada día que pasa, demuestra estar más cerca del abismo.

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