miércoles, 29 de enero de 2014

Veganismo de Clase o barbarie

La destrucción que sufre la naturaleza no es una coincidencia, una casualidad: es una estrategia política, una necesidad del capitalismo, para mantener un sistema económico productivista y basado en el consumo exacerbado. Ante una realidad de hechos tan escalofriantes como el calentamiento global, la sobre industrialización, la sobre producción de infraestructuras, y la lejanía que nuestra sociedad tiene hacia la naturaleza, tenemos dos caminos: el individual y el colectivo. La lucha colectiva pasa por un cambio profundo, que englobe a la organización de sectores sociales comprometidos con el problema y deseen cambiarlo y zanjar ese problema; la lucha individual pasa por meras actuaciones de uno mismo que aportan un mísero granito de arena pero necesario para crear conciencia social respecto al problema.
Llevar un estilo de vida vegetariano, teniendo en cuenta que más de la mitad de la producción agrícola mundial va destinada al engorde de animales hacinados en granjas intensivas, cuya incidencia en la contaminación del planeta es mayor que la de los transportes, es ya un paso. Un paso mínimo teniendo en cuenta que los animales y el mundo siguen agonizando, pero necesario para crear esa base de conciencia y ejemplo. Muchos son veganos más por cuestión política que moral, puesto que el comercio de la carne hoy día supone lo que es: hambrunas en el tercer mundo, contaminación directa e indirecta, deforestación, consumo excesivo de agua, etc...
Los que conformamos la resistencia, presentamos siempre problemas de incoherencia: “¿qué eres comunista y llevas unas zapatillas nike?”. Teniendo en cuenta que pretendemos cambiar este mundo, darle la vuelta por completo, no debemos sentirnos moralmente inferiores por no ser “correctos” de acuerdo a nuestras ideas, ya que es imposible vivir al margen del capitalismo cuando todo, absolutamente todo, está mercantilizado. Pero sí que nos sirve como ejemplo y como forma de hacernos sentir que conseguimos pequeñas victorias. Y lo mejor: que concienciamos a los demás con nuestro ejemplo.
El vegetarianismo se topa aquí con esta cuestión: no es una solución puesto que es una posición individual ante un problema colectivo. Pero sí que es útil y necesario para aquellos que lo practicamos por razones éticas.
El vegetarianismo político, el “veganismo”, es un movimiento que lucha por la liberación animal, y esto incluye, aunque a muchos no les guste, la humana. La liberación del hombre como asalariado, de la mujer como pieza del sistema patriarcal, y del queer como elemento situado más allá de los patrones culturales de género, sexo y sexualidad. Bien es cierto, que existe un veganismo liberal, que afirma que es una cuestión individual. Y el capitalismo bien ha sabido hacer de ello un negocio (marcas industriales, tiendas, restaurantes de lujo, marcas de ropa caras). Sin embargo, esto es lo que supone vivir bajo el capitalismo, que éste acaba asumiendo movimientos claramente subversivos y los absorve. Eso ocurre con el feminismo de Estado liberal, centrado exclusivamente en la ampliación de derechos como “propiedad” y “sufragio” a las mujeres (siempre blancas y de clase media, por supuesto); con el movimiento LGTB institucional, que focalizó su lucha en conseguir el matrimonio, olvidando las cuestiones esenciales como la presión de género, el problema del VIH y el binomio hombre/mujer como “realidad” absoluta incuestionable generadora de desigualdades. Y esto ocurre también con el veganismo. La liberación animal no es más que una lucha interseccional de un conjunto de opresiones que buscan su liberación, pero prestando especial atención en los animales puesto que son los “sin voz”, los que ni siquiera pueden quejarse, manifestarse. Defenderse.
Es una labor política que, aquellos que queremos construir un mundo nuevo, lo hagamos desde el ejemplo: no se trata de evitar el transporte, no consumir ropa o no tener teléfono movil. Se trata de ser consciente de las injusticias que ello desemboca e informar a los demás, en la medida de nuestras posibilidades. Tener teléfono móvil y comprar comida transgénica barata (si tu poder adquisitivo es bajo) no es despreciable puesto que no tienes otra opción. Pero, ¿seguir participando de esa industria que tanto contamina al planeta, que tanta hambruna produce, y que a tantos animales convierte en mera mercancia? ¿no es eso totalmente prescindible por cada uno de nosotros? ¿a qué esperamos? ¿a qué esperan los marxistas? ¿y los anarquistas?

¡GO VEGAN, COÑO!

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