domingo, 3 de marzo de 2013

El Secreto

El Secreto es un relato que narra la historia de Ezekías, un adolescente de familia Carlista Tradicionalista cuya relación con un jóven anarquista pronto hace enfurecer a su conservadora familia. La presión de la sociedad heteronormativa en la que vive, el autoritarismo de su padre y el maltrato al que estaba siendo sometida su madre por parte de su padre, le hacen sentirse solo incluso ante la presencia de Álvaro, su novio.


I
-”Pero entonces, ¿qué hacemos esta tarde? ¿quedamos a las cuatro y media en el parque?”
-”Venga. Allí nos vemos. ¡Avisa a los demás!”
-“Vale, ¡lo haré!”.

Era un viernes como otro cualquiera. Caminaba por el largo y frío camino que me esperaba desde la salida del instituto a mi casa. Mi madre estaba trabajando, así que nada más llegara me calentaría la comida que Amanda, la asistenta, hubiera dejado preparada.

Abrí la puerta y mi padre estaba en el sofá acostado.
-”Hoy hay lentejas. Caliéntalas”, me dijo con toda la frialdad posible.
-”Vale”, le respondí sorprendido de su borde respuesta.

Encendí el fuego y puse la comida a calentar. Preparé la mesa y a los cinco minutos me senté a comer en el salón junto a mi padre, quién estaba a dos metros tirado en el sofá.
-“¿No tienes nada que decirnos?”, dijo mi padre, rompiendo el total silencio que reinaba en aquel oscuro y frío salón.
-”No, ¿a qué te refieres?”, le respondí nervioso.
-”Sabes muy bien a lo que me refiero, tú sabrás qué nos ocultas”.

Estaba sorprendido. Estaba comiendo esas sosas y para nada apetitosas lentejas, observando a la desgracia personificada que pronunciaba esas bordes palabras cuyo sentido no lograba descifrar. ¿A qué podría referirse? ¿qué cojones era lo que yo le ocultaba?

-”Tú madre está muy enfadada. Se ha ido muy cabreada, pero tu hermano la ha tranquilizado. Yo ya estoy mejor, pero sigo muy dolido. No entiendo cómo nos has podido hacer esto. ¿Qué coño te hemos hecho nosotros? ¿eh?”.

Continué comiendo sin pronunciar palabra. Él seguía lanzando bordes frases contra mí, y hasta solté alguna lágrima, pues no entendía el por qué de su repentino cabreo. ¿Qué era eso que tanto había enfadado a mis padres? ¿qué podía haberles hecho sentir tan mal? Tenía que ser algo que mi hermano les hubiera podido tranquilizar, pero ¿qué era?

-”No sé a qué te refieres, papá”.
-”¡Hombre que si lo sabes! Nos has estado engañando todo este tiempo. ¡Eso es imperdonable! ¡qué cojones te crees, ¿que somos gilipollas?!”, me respondió, exaltándose cada vez más desde su sofá.
-”No grites más, papá. De verdad que no sé a qué te refieres. Hoy es un día normal, como otro cualquiera. ¿Qué he hecho que os enfade?”

Mi padre continuaba acostado en el sofá. Me ordenó ir a mi cuarto a reflexionar sobre lo que les había ocultado durante tanto tiempo. Yo seguía tan sorprendido que empecé a llorar, sin comprender nada de lo ocurrido.

Subí las escaleras, fui hacia mi pequeño y acogedor dormitorio y me acosté en la cama. Yo no era una persona que soliera dormir la siesta, pero en ese momento me apeteció mucho, quizás, por olvidarme de lo ocurrido.
Escuché que alguien subía por las escaleras. La puerta se abrió dejando pasar un hilo de luz que procedía de la gran cristalera de la escalera, iluminando así, mi sombrío dormitorio. Era mi padre, quién tras haber encendido la luz y haber estado unos segundos observándome sin decir palabra, haciéndome así sentirme muy incómodo, comentó: “Ah, por si no te lo he comentado abajo, hoy no puedes salir. Estás castigado. Así que vas a tener bastantes horas para reflexionar. Espero por tu bien que las aproveches”.

Ahora ya si que no lograba entender nada. Siempre fui un buen chaval que para nada molestaba a sus padres. Tímido, callado. Así era yo, nada problemático. Y ahora, por primera vez en muchos años, era castigado por un motivo que desconocía. Me puse a pensar en qué podría haberles enfadado tanto. Tenía que ser, obviamente, algo que desconocieran, y que se hayan enterado hoy. Yo no fumaba, no bebía, no consumía drogas. ¿Qué podría hacer que les enfadase y que yo les hubiera ocultado?

Remontándome en miles de hechos y acontecimientos que tuvieron lugar en los últimos meses, recordé uno muy especial que tuvo lugar unos diez meses atrás. Fue cuando quedé con Álvaro. Un chaval un año mayor que yo, de dieciocho años. Era de estas personas que al principio de conocerlas son muy tímidas, pero que nada más coger un poco de confianza contigo, pasan a ocupar el polo opuesto, a ser muy extrovertidas.
Yo sabía desde hacía años que aquel secreto que llevé oculto durante mucho tiempo lo compartía con miles de chicos. Era un secreto inconfesable, que solo podía llegar a conocer la persona adecuada, aquella que sabías con total firmeza que no te defraudaría. Ese secreto no era más que el simple sentimiento de afecto, atracción y cariño por otros chicos. Era un sentimiento que llevaba sintiendo desde hacía ya seis años. Un sentimiento evidente, un secreto a voces en la sociedad. Un secreto que todo el mundo conoce pero que es generalmente rechazado.
Es cierto que en una ocasión engañé a mis padres. Les dije que iba al centro de la ciudad con Amal a dar un paseo cuando realmente fui a ver a Álvaro. Ese día lo recuerdo perfectamente: Álvaro y yo quedamos a las cinco en una plaza céntrica de Gijón. Fuimos a una tetería, dónde tomamos un té. Luego,dimos una vuelta por el centro y dimos un paseo a lo largo de un bonito y extenso parque.
Con Álvaro fue mi primer beso, a los dieciséis años. Siempre supe que me gustaban los chicos, o, más bien que las chicas me eran un tanto indiferente. A ellas las quería mucho como amigas, pero solo me fijaba en los chicos. Pensar que una niña fuese atractiva era algo objetivo para mí. “Es guapa”, me decía cada vez que veía a Lourdes, una chica de la clase del pueblo donde vivía antes, que era mi mejor amiga. La quería mucho. No se me pasaba por la cabeza nada más. Era incapaz de sentir nada más por ella. Y lo bueno es que eso nunca me atormentó, pues aprendí rápidamente a convivir con ese sentimiento, con mi secreto.
Lourdes fue la primera en conocer mi secreto, cuando ella y yo rondábamos los 12 años. Desde el primer momento me apoyó. Fue entonces cuando comencé a quererla aún más.
Solía fijarme en los chicos de mi clase. Uno de ellos, Edu, me gustaba mucho. Era poco más alto que yo, rubio, con el pelo largo y ojos azules. De padre español y madre francesa. En ocasiones, llegué a pensar que él también podría compartir ese mismo secreto, e incluso llegué a hacerme ilusiones de que pudiera hacerme su amigo, pero la cosa no llegó a más. Un año más tarde de ese bonito e inolvidable curso, me mudé a un barrio a las afueras de Gijón. Perdí de vista a mi querida Lourdes, con quién mantenía contacto por cartas y con Edu y el resto de mis compañeros, con los cuales perdí el contacto por completo.

En Gijón rápidamente me hice amigo de Amal, una chica no muy alta, morena, de ojos verdes, muy simpática y buena persona. Estaba en mi clase cuando llegué al nuevo colegio. Comencé primero de la E.S.O.
Su primo Álvaro y ella siempre se habían llevado muy bien. Él decidió contarle su secreto cuando no podía aguantar más. Se sentía muy mal, muy triste. Sufrió acoso en el colegio por no ser estrictamente masculino. Masculinidad que su padre le intentó inculcar enviándolo a campamentos de verano y enseñándole a jugar al fútbol, llevándolo de caza y comprándole aviones tele dirigidos, pero siempre contra su voluntad.

Me acordé de Lourdes, de Amal y de mi querido Álvaro. Con Amal había quedado a las cuatro y media donde siempre. Pero estaba castigado sin salir, sin ordenador y sin móvil. ¿Cómo les avisaba de que no podría ir?
En ese momento me llamó mi padre: “Ezekías, ¡ponte al teléfono! Es Amal”. Me levanté dando brincos de la cama, me sequé las lágrimas y bajé las escaleras corriendo. Me puse al teléfono.

-”Eze, ¿vas a venir o qué? ¡Estamos todos esperándote!”
-”No, no puedo”, le dije.
-”Eh... ¿cómo?, ¿cómo que no puedes salir? ¿por qué?
-”Estoy castigado”, respondí.
-”¿Castigado tú? ¿qué has hecho?
-”No lo sé. Te dejo, ahora no te lo puedo explicar. Cuando pueda salir te aviso. Dale saludos a todos”.

Colgué el teléfono bruscamente y me fui de nuevo a mi dormitorio. Mi padre me dijo algo que no entendí, algo por lo que no puse excesivo empeño por descifrar.

Volví a acostarme en la cama, a pensar. Y llegué a la conclusión de que lo que yo le ocultaba a mis padres que tanto les enfadó era precisamente mi secreto. La pregunta que me formulaba entonces, y que me atormentaba, era: “¿cómo diablos se han enterado?
En ese momento me acordé de mi teléfono móvil. Yo nunca solía llevarlo a clase, así que debía estar en el salón.

-”Papá, has visto mi teléfono?”.
-”Bajo un momento de furia, tu madre lo rompió. Pero no te preocupes, si pides perdón te compraremos uno”, me respondió.
-”Ah, ahora que lo mencionas, supongo que sabrás demasiado bien por qué estamos tan enfadados, ¿verdad? ¡¿o todavía no?!”
Me quedé varios segundos en silencio y después respondí: “Creo que sí lo sé. Pero no considero que sea motivo para enfadaros tanto y dejarme encerrado en casa”.
-”Nos has engañado. Nos has traicionado. ¿No te parece ese motivo suficiente como para que estés castigado?”.
-”Vale, lo siento”, le respondí, sin sentir realmente culpa, pero con el objetivo de que me dejara salir y ver a Álvaro y a Amal, quiénes querrían una explicación y con quiénes podría desahogarme.
-”Demasiado tarde. Ve a tu cuarto, sigue reflexionando y a la noche si mamá está tranquilizada lo comentamos entre todos”, concluyó mi padre.

Fui de camino hacia mi dormitorio, me tumbé en la cama y continué pensando. Fui a reflexionar, como le gustaba denominarlo a Julián Rodrigo Jiménez-Hidalgo Van der Vaart, el aristócrata deprimido de mi padre, de familia de la alta burguesía castellana por parte de mi abuelo y de la aristocracia Holandesa, de parte de mi difunta abuela.

Estaba claro que mis padres habían cotilleado mi móvil. Y lo peor, que habrían leído uno de mis comprometidos y cariñosos mensajes con Álvaro.
“¿Ahora qué? ¿Qué coño se hace en estos casos? Cuando el carlista tradicionalista y conservador de tu padre conoce tu secreto? ¿qué hará ahora mi madre? ¿cómo presumirá de un hijo maricón en cada clase de yoga o en la peluquería junto a sus perfectas amigas de clase alta?”, pensaba.
Mi familia era un tanto peculiar. Mi padre llevaba cuatro años de baja por depresión. Era empresario. Tenía importantes tierras en toda la península Ibérica y en Holanda, Alemania y Suiza. Aunque podíamos vivir de las rentas, a él siempre le gustó llevar las cuentas de sus empresas, pero la depresión le hizo dejar el trabajo, cuando su madre murió en un accidente de tráfico junto a su hermano Raúl Nicolás, mi querido tío Raúl, que fue siempre para mi y para mi otro hermano como un hermano mayor. A pesar del rechazo que siempre tuve hacia mi padre, entendía los motivos de su depresión. A uno no se le muere su madre y hermano de golpe. Debe ser muy duro. Sin embargo, esa desgracia le hizo aumentar sus riquezas, pues heredó más tierras de los abuelos y de mi tío Raúl, que le hizo aumentar su importancia en el mercado, pero que para nada se tradujo en una constante felicidad.

Mi madre trabajaba de catedrática en la Universidad de Oviedo. Daba clases de Economía aplicada, Mercados Financieros y Estadística. Ella no era de familia noble, pero sí de una familia bien. Mis abuelos maternos eran unos prestigiosos empresarios muy vinculados al régimen franquista. Mi familia era un complejo campo lleno de peculiaridades a la cual siempre detesté, excepto a mi tío Raúl y a mi hermano Gildo, que trabajaba en Cataluña de profesor de Filosofía en un instituto. Gildo siempre se enfrentó a toda nuestra familia, incluido a mis padres. Necesitaba hablar con él. Él sabría qué había ocurrido, pues había hablado con mis padres y los tranquilizó. Pero tenía prohibido hacer llamadas. Gildo siempre fue detestado por la familia junto a Raúl por sus inclinaciones morales y políticas. No eran, por lo general, nada religiosos y tradicionalistas. Un cáncer para el perdurar de la moral de mi familia.
Mi hermano no conocía mi secreto. Realmente, no sé por qué no se lo conté. Siempre supe que él lo entendería perfectamente. Es más, él tenía amigas y amigos homosexuales. Quizás el motivo era que hablaba bastante poco con él desde que lo destinaron a trabajar a Cataluña.


“¿Ahora qué?”, volví a pensar. No podía hablar, escuchar música, conectarme al ordenador. Y obviamente, nada de ganas tenía de estudiar o de leer. Me fui a la terraza y allí me senté. Observaba todo lo que mis ojos percibían. La ciudad de Gijón en el atardecer desde una terraza insólita a las afueras, mientras reflexionaba en por qué debía pasarme esto a mí. Me indignada al pensar en que estaba recluido por el simple hecho de amar. Era totalmente injusto que el sexo de mi pareja determinara mi destino, aunque fuese solo por una tarde.

II

Llegaron las diez de la noche, y tras una larga y profunda siesta, llamaron a mi puerta. Era mi padre.
Yo estaba dormido, y su voz autoritaria de profesor de un colegio católico de los años sesenta me despertó de inmediato:
-”Ezekías, baja al salón. Mamá ha llegado”.

Me levanté, fui al baño y me lavé la cara. Después, bajé hacia el salón, donde, con un aspecto totalmente serio, estaban sentados Julián Rodrigo Jiménez-Hidalgo Van der Vaart y Ana Carolina Sáenz de Santamaría Aguilar-Prieto. Los aristócratas tradicionales. Los católicos apostólicos y romanos. Los que preferirían un lavado de estómago antes de tener un hijo maricón.
-”Pasa y siéntate”, ordenó mi padre.
-”Supongo que ya sabrás cuál es el motivo de nuestro enfado...”, comenzó mi madre.
-”Sí, supongo”, respondí.
-”Sinceramente, creo que el hecho de no haber contado con nosotros y decirnos que... que eres... que eres homosexual, refleja la poca confianza que tienes en nosotros, tus padres. Siempre, pase lo que pase, nos vas a tener a tu lado, y habernos rechazado de esta forma y no contarnos algo que nos concierne como tus tutores legales y padres biológicos que somos, debe ser castigado. Me has defraudado mucho, hijo mío”, dijo mi madre con cierta suavidad.
-”Mamá, ¿cómo iba a contaros algo que sabía perfectamente que no permitiríais? ¿que no aceptaríais?”.
-”Somos tus padres, y debemos saberlo todo sobre ti. Tú no debes tener secreto alguno que ocultarnos”, dijo mi padre.
-”Papá, ¿de verdad que ibas a aceptarlo?”.
-”¡Que te calles coño!, ¡he dicho que no hay secretos y punto, joder! No te has enterado, ¿o qué?”, añadió enfurecido mi padre.
-”Eh, cariño, relájate”, le dijo mi madre a mi padre.
-”Entendedme. No podía contaros algo tan difícil como eso y que tan poco respetáis... Acordaros de Susan y Margarita, las amigas de Gildo. Siempre les faltabais al respeto porque eran... lesbianas”.
-”¡Nosotros nunca hemos faltado el respeto a nadie! ¡¿como te atreves a decirnos eso?!”, dijo mi padre.
-”Sabes que es mentira. Cada vez que Susan llamaba a Gildo, o venía casa, ponías una cara de perro que cualquiera te aguantaba”, dije, levantándome, dispuesto a irme.
Mi padre se levantó, me agarró del cuello y me abofeteó en la cara, a lo que añadió:
-”¡Eres un puto maricón! Ahora mismo te vas a tu puto cuarto y de ahí no sales hasta que no pidas perdón por tus necias palabras”, dijo mi padre.
Mi madre reaccionó ante el bofetón de mi padre, y le pidió que no me hiciera nada más ya que se arrepentiría. Tras haberme sentido humillado y vejado por aquel vejestorio, me fuí dando un portazo y llorando.

Entré en mi cuarto y cerré la puerta. Me acosté y lloré en la cama echando de menos un tierno abrazo de Álvaro. De esos abrazos que me daba cada vez que le contaba que mi padre había vuelto a pegar a mi madre.

Mi madre llevaba unos cuantos años siendo maltratada por mi padre, desde que éste entró en depresión. Eran la perfecta pareja desde que en 1980 contrajeron matrimonio. Eran el matrimonio ideal, perfecto y adinerado que pasa las vacaciones en su dúplex a pie de playa en la Costa del Sol, en su piso de Mallorca y en su apartamento de Ámsterdam. Pero todo se truncó cuando en 2008, mi abuela y mi tío tuvieron un trágico accidente viniendo hacia nuestra casa a pasar la Nochebuena. Venían en la noche del veintitrés de diciembre. Ellos habían pasado diez días de diciembre visitando a unos familiares en Lyon. Desde allí partieron esa noche, en la que el destino de una familia cambiaría por completo. Antes de cruzar la frontera con España, se estrellaron de frente con un camión. Parece ser que mi tío se distrajo al volante por falta de sueño. Aquella navidad fue horrible, y la recordaba todos los días. Acababa de cumplir trece años y de mudarme a Gijón. Tenía unas enormes ganas de ver a mi querido tito Raúl. Me dijo que me traía una bonita sorpresa que me encantaría. Mi padre estaba ansioso por ver a su querida madre, a la que llevaba siete meses sin ver, y a su hermano, al que llevaba dos años sin ver. Yo lo ví en esos dos años más frecuentemente, porque siempre que venía, mi padre estaba trabajando o en viaje de negocios.

En los quince primeros días tras la muerte de mi abuela y mi tío, hubo silencio total en casa. Mi padre no salió de la cama. Adelgazó quince kilos. Mi hermano, suspendió tres asignaturas en la facultad en el segundo cuatrimestre. Era la única vez que tuvo que ir a los exámenes de septiembre. Yo, aunque era pequeño, sentía un gran vacío, sobretodo, por la pérdida de mi tito Raúl. Le echaba de menos, necesitaba abrazarlo y me apetecía mucho jugar con él a las cartas como hicimos tantas veces.
A los once meses, mi padre comenzó a remontar, tras intensas horas de terapia con uno de los mejores psicólogos de la provincia, quien le ayudó a afrontar la pérdida de su madre y su hermano. Pero la cosa no fue precisamente a mejor, pues, esa rabia acumulada fue cargándola contra mi madre.
Recuerdo aquel día en el que mi padre gritó a mi madre, y ésta, pensando que le había ocurrido algo, corrió en su ayuda. Lo que se encontró fue a una fiera enfadada y agresiva que reclamaba la presencia de su agenda de teléfonos en su lugar habitual. Mi madre, muy sorprendida por su reacción le dijo que la necesitó un momento para llamar a una persona, y que se le olvidó ponerla en su lugar. Mi padre le preguntó que con quién pretendía hablar. Le insinuó si tenía algún amante. Mi madre, para evitar que el problema llegara a más, le contó para lo que la necesitaba. Le dijo que pretendía hacerle una fiesta sorpresa para animarlo llamando a todos sus primos y familiares. Mi padre, no la creyó, y la abofeteó. La tiró hacia la cama y empezó a gritarle puta y cerda a una distancia mínima de su cara. Mi madre no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Era su preciado marido, era el padre de sus hijos, el hombre al que amaba, era nada más que el prestigioso empresario Julián Van der Vaart.
Después de ese momento de violencia, mi padre se levantó y se fue al salón, donde comenzó a romper cosas.

Yo estaba escondido en el ropero empotrado que había en el dormitorio de mis padres. Presencié con los oídos todo lo ocurrido. Me hundí del miedo, me sentí impotente por no poder haber hecho nada, y ahí fue cuando comencé a odiar a mi padre.
Tampoco fui capaz de salir y abrazar a mi madre, la cual estaba llorando y agonizando, posiblemente, preguntándose qué había pasado y por qué.
Yo estaba escondido en el armario porque diez minutos antes de lo ocurrido, empecé a jugar con mi madre al escondite. Cuando mi padre la llamó, ella estaba buscándome. Y todavía no sabe, que desde dónde yo estaba, presencié uno de las peores situaciones en las que ella se ha encontrado jamás.
Hasta la media hora no fui capaz de salir de mi escondite. Mi madre se había ido al cuarto de baño. Y cuando la ví, ella intentó actuar con normalidad preguntándome dónde me había escondido, a lo que le respondí que en mi cuarto.
Le pregunté que si le ocurría algo, y ella hizo un esfuerzo por sonreir y me acarició la mejilla.


III

Añoraba cada vez más los tiernos abrazos de Álvaro. Reclamaba su presencia. Lo necesitaba.
Me sentía bastante triste, cabreado y con mucha ira. No entendía por qué debía ocurrirme eso.
¿Qué diferencia hay entre amar a un chico o a una chica?, era la cuestión que rondaba continuamente en mi cabeza. Me atormentaba más aún, que esto, pudiera generar mayores problemas entre mis padres. Me sorprendían también las palabras de mi padre en las que me decía que mi madre se lo había tomado peor y que el estaba más tranquilo. ¿Por qué me dijo eso, si es él la mayor fiera machista, homófoba y horrible que puede hallarse en este perro mundo? ¿me mintió? ¿por qué? ¿quiso pretender ser un padre enrollado y buena gente?
Sin duda, de lo que estaba seguro era de que mi madre se lo tomó mejor que mi padre. Ella era, también, muy tradicional, católica y conservadora. Al igual que mi padre, pero con una esencial diferencia entre ambos. Ella dialoga, él agrede. Sabía, además, que si mi madre se portaba de una forma despectiva conmigo, sería bajo presión de mi padre, aunque, aún así, siempre intentaba mediar y evitar que las cosas llegaran a más, aunque quizás por miedo a ser la siguiente agredida, sus reclamaciones no eran mayores.


La noche cayó. Yo seguía preguntándome lo mismo, ¿qué he hecho mal? Tenía hambre. Lo último que había comido eran las lentejas del medio día. Me corroía la tristeza al pensar en cómo se sentiría Álvaro. “El pobre no sabe nada de lo ocurrido”, pensaba. Probablemente me haya llamado al móvil, pero obviamente estaba roto. “¿Cómo pudo mamá hacer algo así? ¿cómo pudo romperme el móvil por leer un mensaje en el que le daba las buenas noches a mi amado?” Seguía sin comprenderlo. Y la tristeza me invadía más por cada minuto que pasaba. Necesitaba hablar con Álvaro y con Amal. Necesitaba abrazarles. Amal era como una hermana para mí. Eramos dos almas gemelas. Y una reproducción de Amal, en chico, era su primo Álvaro. Mi Álvaro, con quien llevaba diez meses compartiendo mi vida.

Cuando estamos tristes, solemos pensar en cosas que nos entristecen aún más. Y recordé uno de los muchos anécdotas que Álvaro me contó de su terrible infancia.

Transcurría la primavera de dos mil siete. Álvaro tenía trece años. Vivía en la casa en la que vive ahora, en la que se crió, en Gijón. Como todos los días fue al colegio, pero ese día era especial. Estrenó una sudadera y una bufanda muy bonita de varios colores que su madre le había regalado muy poco antes de morir y que todavía no había estrenado.
Era habitual que él sufriera acoso. Le solían discriminar, no contaban con él para los juegos de Educación Física. Le marginaban. No le hablaban, y si él intentaba unirse al grupo el graciosillo de turno le ordenaba irse.
Álvaro apareció con su bufanda y sudadera nuevas. Lo primero que observo a la entrada en la clase fueron cuchicheos y miradas con risas de fondo. Sin embargo, prosiguió hacia su sitio, donde se sentó, alarmado de que estaba siendo el centro de atención de toda la clase. De repente, se escucha en el fondo de la clase frases como: “Maricón” “mirad al marica...” “¡esa ropa es de maricón!”. Álvaro hizo, como de costumbre, como si nada oyese, pues no quería más problemas. Pero no fue suficiente. A los segundos, pasó por su lado el gracioso y chulo de la clase, Jonathan, quien le dio una palmadita en el hombro, agarrándole la sudadera, mientras le decía: “¿esta mierda qué? ¿te la ha comprado tu mamá?” A lo que Álvaro no respondió. No hizo nada, se calló, humillado por un becerro que no tenía derecho alguno de arruinarle el día ofendiéndolo y dejándolo en ridículo delante de todos sus compañeros. Pero Jonathan no se cansó y le agarró de la cabeza y le dijo: “¿a tí qué te pasa?”, a lo que, Álvaro, le dijo: “nada”. Jonathan respondió: “pues conmigo te vas a buscar un problema, nenaza de mierda. Porque a mi se me responde cuando hablo. Y te he dicho que qué mierda es esa sudadera”. Álvaro le dijo: “es mía, ¿y?”, a lo que el becerro le dijo: “pues que es de maricones, y solo la visten maricones, como tú”, mientras un murmullo de personas se acercaban a ver el espectáculo.
“Y como tengas huevos de volver a contestarme mal, nos las vemos”, finalizó Jonathan.
De fondo se oyó decir: “¿huevos?, ¡si es marica!”. Todos comenzaron a reír. Llegó el profesor y ordenó a cada uno ir a su sitio, pero sin haber tenido constancia de lo sucedido. De que un alumno suyo había sido, en cuestión de cinco minutos, humillado. El profesor comenzó la lección y Álvaro estuvo toda el día entristecido, sin comprender por qué había ocurrido eso.

Anécdotas como éste, acontecían el día día de mi querido Álvaro. Y no solo en el Instituto, sino también en su casa. Su padre era un conservador como el mío, su hermano un neonazi en potencia y su madre, había muerto ese mismo año, meses atrás de que ocurriera aquel suceso. Desde entonces guardaba la sudadera y bufanda en un lugar seguro, como un recuerdo inolvidable de su querida madre.

En muy poco tiempo nos habíamos consolidado como una pareja. Nos contábamos todos nuestros problemas, todo aquello que nos perturbaba. Nos desahogábamos el uno con el otro. Él era mi psicólogo y yo el suyo. Éramos dos almas desoladas, dos almas rechazadas por su familia y la sociedad, con personas muy queridas que ya no estaban en este mundo. Dos almas que un día se encontraron y desde entonces, se necesitaban la una de la otra para sobrevivir. Dos almas, que si no fuera por la presencia del otro, posiblemente no le encontrarían el sentido a esta perra vida que tanto daño les había hecho.
No podía imaginarme estar un minuto separado de él. Y ahora le necesitaba más que nunca. Necesitaba tocarlo, acariciarlo y abrazarlo. Le quería cerca, junto a mí. Fundirnos entre tiernos abrazos.

IV

Eran las diez de la mañana cuando me desperté. Llamaron a la puerta. Dije que pasara. Era Amanda, la chica del servicio doméstico.

-”Tus padres me han dicho que no puedes salir. Hoy me quedo todo el día contigo, y tengo órdenes de vigilitarte de cerca... ¿Qué te ha pasado con ellos? Nunca tenéis problemas...”

Amanda era una chica excelente. Nos llevábamos muy bien, y obviamente, no dudé en contárselo.

-”¿De verdad que se han puesto así...por eso?, me dijo al terminar.
-”Sí. No se lo esperaban para nada, parece”, le respondí.
-”Pues vaya. Qué mal... Pero bueno, tú sabes que me tienes para lo que quieras. Con ellos no puedo hablar mucho porque pondría en juego mi trabajo y porque ya sabes como son respecto a la relación que el servicio deba mantener con la familia...”, dijo.
-”Ya, lo sé. Una gilipollez. Como si no se pudiera trabajar y mantener una amistad. Pero es mejor que no hables con ellos del tema. No va a servir para nada, y conociéndolos como los conozco, te aseguro que perderías tu trabajo”, le respondí.
-”Pero para ti sabes que a parte de limpiadora y cocinera puedo ser tu psicóloga, así que lo que necesites, me lo dices... Ah, y otra cosa. Como tus padres se han ido todo el fin de semana a Badajoz, tienes mi permiso de traer a casa a tus amigos. Eso sí, no dejes rastro, que no se note que aquí ha habido nadie más. Ten cuidado que me juego mi trabajo. Y aunque ahora mi trabajo deba ser dejarte encerrado aquí, no lo voy a hacer. Va contra mi ética. Y sabes que te quiero mucho”, dijo Amanda.
-”Muchísimas gracias Amanda... No sabes lo que te lo agradezco. De verdad... ¿Entonces puedo llamar a Álvaro?”, le dije.
-”Sí, claro que puedes. Y quedarse a dormir. Tus padres llegan el martes... Hay tiempo de borrar huellas”, me dijo Amanda riéndose y acariciándome.
-”¡Muchas gracias Amanda! Me has alegrado el día... ¡Ahora mismo voy a llamarlo!”, le dije.
-”Pero no llames desde el teléfono fijo, que tus padres controlan las llamadas... Van a saber que le llamaste. Toma el mío, anda, llámalo desde aquí”, me dijo.
-”Muchas gracias de nuevo, Amanda, no sé cómo voy a agradecerte esto...”
-”Me invitas a una cerveza cuando te levanten el castigo y punto, pero sin que se enteren tus padres, ¡eh!”, me dijo Amanda.
Reí y le sonreí.

Por fín tenía un motivo para estar feliz. Mis padres se habían ido cuatro días a Badajoz. No sabía para qué, pero eso era lo que menos me importaba en ese momento. Quería, antes que el comer, llamar a Álvaro e invitarle a casa para contarle en persona lo ocurrido.

Le llamé. Álvaro descolgó el teléfono con voz de haberlo despertado, y le dije: “Hola, mi príncipe”, lo que le cambió por completo el tono de la voz, y me respondió: “¡Eze!, ¡¿eres tú?! ¿Pero qué te ha pasado? ¿estás bien?”
Le dije que no podía contarle en ese momento porque no le llamaba desde mi teléfono. Le invité a pasar el día en casa y a dormir, cosa que le sorprendió bastante, pero que entendió al saber que mis padres no estaban en casa.
-”En una hora como muy tarde estoy allí, ¡ahora te veo, cariño!”

Fui a desayunar. Estaba hambriento. Amanda me preparó unas tostadas y un vaso de leche. Le devolví el teléfono, repitiéndole las gracias.
-”Me alegro mucho de que venga a pasar el día contigo... De verdad. ¡Ah!, y así me lo presentas, eh...”, dijo Amanda, lanzándome una sonrisa pícara.
Me ruboricé, y añadí entre risas: “venga, yo te lo presento”.
Estaba impaciente por su llegada. Deseaba verle, contarle lo ocurrido y desahogarme. Hundirme entre sus brazos. Lo necesitaba.

Llamaron a la puerta y fui corriendo hacia ella. Era el cartero:

-”Hola señor, ¿está Julián Rodrigo Jiménez-Hidalgo Van der... Vaart?, dijo el cartero confuso leyendo la carta.
-”No, pero yo soy su hijo. ¿De qué se trata?, respondí.

En ese momento llegó Amanda y ví a lo lejos a Álvaro. No me lo pensé dos veces y salí corriendo. Dejé al pobre cartero con la palabra en la boca, pero en ese momento tenía una prioridad mayor que las cartas certificadas que le mandaban a mi padre. Amanda atendió al cartero.

Salí corriendo hacia él, y él hacia mí. En ese momento no me importó que pudieran vernos los vecinos. Me daba igual. Ya lo sabían mis padres, ¿qué mas da que lo sepa la vecina Conchita, su marido, su hija y sus nietos?
Una vez que quién realmente te importa conoce tu secreto debe darte igual que lo sepa el resto de la gente. Que mis padres no lo supieran era el hecho fundamental por el que mi relación con Álvaro era ocultada, pero ahora que lo sabían, ¿qué mas da?

Nos paramos el uno frente al otro, nos fundimos entre abrazos. Pero ese precioso momento no podía acabar ahí. Le agarré de las mejillas y le besó apasionadamente. No caí en que era sábado a las once de la mañana, en un barrio transitado de la periferia de Gijón.
Fuimos el centro de atención de una calle entera, pero me fue totalmente indiferente, pues lo que más me importaba era ver a Álvaro.
-”¿Qué haces? Me has besado delante de todo el mundo. Tu familia puede enterarse...”, me dijo Álvaro después de ese apasionado beso.
-”No te preocupes, ya lo saben. Ahora te cuento. Sabiéndolo ellos, me da igual que se enteren los miles de catetos que circulen por aquí...”
-”Tienes razón”.
Fuimos agarrados de camino a casa. Agarrados como una pareja normal. A la vez que alucinaba de lo que estaba haciendo -y feliz de ello-, me indignaba al pensar en que por ser dos chicos los que se agarraban tenían que ser comidos por asesinas miradas de odio y sorpresa. Sorpresa ante el amor, ante el afecto entre dos personas.
Llegamos a mi casa. Amanda estaba limpiando el salón. Se acercó y dijo: “tú debes ser el famoso Álvaro. Ezekías me ha hablado mucho de tí en muy poco tiempo. Se nota que te quiere. Cuídamelo, que yo también le quiero mucho”.
Álvaro se quedó cortado, sin saber qué decir, y le sonrió.

Fuimos para la sala de estar. Nos sentamos en el sofá, uno junto al otro. Antes de contarle nada de lo ocurrido, necesitaba afecto de su parte, y lo busqué. Estuvimos quince minutos sin mediar palabra. Yo estaba echado sobre él, mirándole a los ojos, hasta que Álvaro rompió el silencio y dijo: “tienes pinta de haber dormido mal... Pareces estar muy cansado”, a lo que le respondí: “Lo estoy, lo he pasado muy mal, ayer solo hice una comida en todo el día, y hasta hace media hora no volví a comer. Necesitaba hablar contigo... Lo he pasado muy mal en tu ausencia, extrañaba tus abrazos”.
-”Aquí estoy para escucharte, consolarte y abrazarte todo lo que tu quieras”, dijo Álvaro, sonriendo.

Le conté lo ocurrido a todo detalle. No pude evitar romper a llorar en determinados momentos. Cuando lo hacía, me agarraba entre sus brazos y me consolaba, y no continuaba hasta pasados dos o tres minutos. Le expliqué por qué no pude salir, por qué no pude comer, por qué no tenía móvil, y por qué tenía esa expresión de cansancio. Álvaro intentó consolarme, diciéndome que esto tarde o temprano tenía que llegar.
-”Nos tienes a mí, y a Amal. No todo el mundo puede contar con el cariño de tener una buena amiga como lo es Amal, y un novio que te quiere profundamente”.

Me emocioné. Le pregunté si podría quedarse a dormir. Me dijo que sí, ya que tras haber hablado con su padre, le dio permiso a quedarse todo el fin de semana aquí.
-”¿Cómo que te ha dejado quedarte a dormir en mi casa?”, le pregunté sorprendido.
-”Mi padre a veces parece ser muy ingenuo. Ya sabes que no le he dicho nunca que soy homosexual, pero no es tonto. Sabe muy bien que lo soy, y posiblemente hasta que estoy contigo. Quizás quiera evadir esta realidad y pretende tomarse con naturalidad que su adolescente hijo ha quedado con un amigo suyo para ver una peli y echar el día juntos”, me dijo, riéndose.
-”Ya, puede ser... Lo importante es que estamos juntos... Necesitaba desahogarme contigo. Ahora, estoy más tranquilo, y precisamente necesito pasar un día tranquilo. Me apetece estar contigo toda la tarde. Ni te imaginas lo mal que lo he pasado. Necesito afecto, cariño... De todo lo que en estas horas no he tenido”.
-”Tus deseos se cumplirán...”, me dijo Álvaro, sonriéndome y pasando el brazo por encima de mi cuello.

Fuimos hacia mi cuarto. Cerramos la persiana, nos echamos en la cama, y nos acostamos. Me tapó y me acurruqué a su lado con la cabeza tumbada sobre su pecho, sintiendo los latidos de su corazón, hasta que me quedé dormido.
Era eso lo único que necesitaba. Paz, tranquilidad, amor, afecto, cariño... Felicidad. Lo que mis padres no habían sabido darme en el momento en el que más deberían haberme apoyado.

Me desperté a las dos de la tarde. Aún así, no era capaz de distinguir entre realidad y ficción, pues, me era totalmente sorprendente que hubiera dormido junto al chico que amo, en mi casa, en mi cama, y sin problema alguno. Sin impedimentos.
Seguía despierto, pero no quería romper aquella situación. Era perfecta. Tranquilidad, paz, amor, y mi chico durmiendo. ¿Por qué destrozar aquella preciosa postal?

Pasaron treinta minutos hasta que Álvaro se despertó. Se sorprendió al ver que estaba observándolo fijamente muy concentrado. En esa media hora estuve ausente a la realidad. Estaba en la nube de un precioso y perfecto mundo observando al príncipe que sería proclamado descendiente de la corona y al que todos aclamaban entre gritos de admiración, clemencia y respeto.
-”¿Llevas mucho rato despierto?”.
-”No, solo un rato”.
-”Haberme despertado hombre... No vas a estar ahí...aburrido”..
-”Quería observarte mientras dormías... Estabas muy guapo. Estás tan mono cuando duermes. Quiero poder presenciarte así mil veces mas”, le dije.
-”¿Mil solo?, vas a verla todas las que quieras”, me dijo Álvaro, callándome con un beso.

Los labios de Álvaro eran impresionante mente jugosos. En algunos momentos me daban ganas de ser caníbal y atacarlos sin piedad. Eran muy tiernos. Y su cara era muy linda también. Ojos grandes y oscuros, cabello liso y marrón con una melena sobre los hombros, siempre despeinada. Era más alto que yo. Tenía unas manos muy grandes y esbeltas. Su cuerpo era también impresionante: hombros anchos y musculatura lo suficientemente marcada.
Desde que su madre murió, hecho que le afectó bastante y le seguía afectando, su padre cambió por completo. Dejó de preocuparse por él. Se desentendió de todas sus obligaciones como padre, por lo que Álvaro comenzó a madurar muy pronto y en muy poco tiempo. Y en verdad, prefería que su padre estuviera así, ya que, a parte de que nunca se habían llevado bien, le dejaría hacer lo que quisiera sin problema. Ya no lo llevaba de caza ni le compraba balones de fútbol. Le dejaba ser él mismo.
Su padre se había juntado recientemente con una mujer diez años menor que él que tenía dos hijas, con quién Álvaro tenía una buena relación. Ellas conocían nuestra relación, al igual que su madrastra, con quién Álvaro se llevaba bien. Margarita y Mary, sus hermanastras, tenían catorce y diecisiete años. Eran muy guapas, como su madre.


Nos quedamos como media hora más mirándonos, sin saber qué decir. El silencio se apoderó de la situación.
No tenía nada que decirle, ni él a mí, simplemente nos observábamos mientras le acariciaba su suave y despeinado cabello marrón.

Eran las tres y media de la tarde cuando decidimos bajar a comer algo.
Fuimos hacia la cocina, donde Amanda habría dejado preparado algo, cuando de repente, sonó el teléfono. Fui hacia él y lo descolgué:
-”¿Sí?, ¿quién es?”, dije.
-”Soy mamá. ¿Qué tal estás hijo?, dijo mi madre.
-”Pues nada. Aquí estoy, acabado de despertar. Hablé esta mañana con Amanda, me dijo que se quedaría conmigo el fin de semana”, le respondí.
-”Sí, le hemos encargado que cuide de ti porque íbamos al viaje para ver a los primos de Badajoz, que llevaba ya organizado bastante tiempo...”, me dijo mamá.
-”Ya, ya veo”, respondí.
-”Hijo, siento lo de anoche. Mucho. Tu padre está muy arrepentido, pero ya sabes cuán orgulloso es. Le cuesta mucho disculparse, aún sabiendo que algo ha hecho mal... Ya le conoces”, me dijo.
Me quedé callado, sin saber qué decir.
-”¿Hijo?”
-”Eh, ¡si!, ¿dime?
-”No, nada... Que no has comentado nada, te has quedado callado. ¿De verdad que estás bien?”
-”Bueno, más o menos. La verdad es que he estado muy mal...”
-”Cariño, lo sé. Pero debes entendernos. Esto ha sido muy duro para mí, para nosotros. Nos ha dolido mucho. Y lo del móvil no te preocupes, que te compraremos otro aún mejor”.
-”Bueno mamá, te dejo que tengo mucha hambre... Adiós”. Y colgué el teléfono sin dejarla terminar.
Me dio mucha rabia que me mencionara lo del móvil como si fuera algo realmente importante o relevante en mi vida. Como si la pérdida de ese absurdo aparato fuera la causa de mi tristeza. Debería haber caído en la cuenta de que el origen de mi tristeza radicaba en su actitud, en su forma de afrontar los problemas.
Me quedé pensando al lado del teléfono, inmóvil.
-”¿Quién era, cariño?”, me susurró Álvaro al oído.
-”¡Hostia! Qué susto me has dado. Hablaba con mi madre”, le dije.
-”Ah, ¿si? ¿qué te comentó?”
-”Pues nada, que si estoy bien, y que no me preocupe por el preciado móvil. Que me comprará uno nuevo y mejor. Menuda gilipollez, si cree que va a arreglar las cosas así”, le comenté.
-”Ya, es la forma que utilizan los padres para comprar nuestros sentimientos. Los objetos. Objetos innecesarios que se nos imponen a diestro y siniestro y en los que nuestros padres caen en la tentación, incluso antes que nosotros que somos sus consumidores. Es vergonzoso. Si Marcuse levantara la cabeza...”, me dijo Álvaro.
-”Si mi padre te escuchara...”, le dije a Álvaro mientras le sonreía.
Álvaro me devolvió la sonrisa y me acarició la mejilla con su gran dedo pulgar. Acto seguido, fuimos hacia la cocina, donde nos dispusimos a preparar el almuerzo.
Tras haber calentado los macarrones a la boloñesa que Amanda había dejado cocinados, nos sentamos en la mesa del salón dispuestos a deborarlos. Hablamos de lo que podíamos hacer por la tarde. Propuse ir al centro con Amal y con el resto de amigos, que querrían saber lo ocurrido. Álvaro le envió un mensaje a Amal concretando lugar y hora, y quedamos a las seis en la puerta de nuestro habitual parque.
Terminamos de comer, recogimos la mesa y fuimos hacia mi dormitorio, donde nos tumbamos a descansar mientras escuchamos música.
V
El silencio reinó en mi acogedor y oscuro dormitorio durante una hora. En verdad era lo que necesitaba ya que después de aquel mal momento que tanto me hizo llorar, sufrir y tanto me deprimió, lo único que me calmaría y me llevaría a una situación de relativa normalidad sería el silencio y la tranquilidad. Y más aún estando acompañado de Álvaro. No dijimos nada, pero para nada fue una situación incómoda.
Cuando hay confianza y amor no hace falta estar continuamente bajo un tema de conversación, pensaba, pues las palabras se deducen con una simple mirada, sonrisa o caricia. No es necesario emitir sonido alguno para demostrar estar a gusto. Una simple mirada puede decir mucho. Es una forma de comunicación muy sincera que expresa nuestros más profundos sentimientos.
Pasó una hora más, y entonces nos levantamos. Teníamos que vestirnos ya que habíamos quedado con Amal y el resto de la gente en el parque. A los quince minutos nos disponíamos a salir por la puerta. Cogí las llaves, dinero suficiente y la mano de mi novio.

Recuerdo aquel momento con total perfección. Fuimos agarrados de la mano por la calle. Eso era nuevo para mí, una sensación completamente nueva, y aunque tendría que sentir miedo por lo que había ocurrido con mis padres apenas unas horas atrás, me sentía totalmente seguro, ya que, en el caso de que ellos se enteraran de algo, ¿qué mas da? Ya saben que soy maricón. Podré Licenciarme en Derecho, en Ciencias Económicas y en Filosofía. Administrar muy bien sus tierras y sus empresas. Podría obtener el Premio Nobel en Literatura o en lo que fuere, pero siempre seré la marica. Aquel hijo que nadie desea tener, aquel que los padres desean tan poco como un hijo drogadicto, un delincuente o una hija puta.
Ya nada tenía por lo que luchar dentro de mi familia. Haga lo que haga seguiría siendo la misma persona para ellos. Así que, ¿qué más da que los miles de conciudadanos y viandantes normales, heteros, tradicionalistas, honestos y con una familia seria y normal me vean agarrando de la mano a la persona que más quiero, aunque ésta sea un chico?

Hasta que llegamos a la parada del bus, que fueron unos cinco minutos andando, noté las millones de frías y secas miradas de todos los viandantes. De todos, absolutamente todos. No había uno al que le fuéramos indiferentes- No había nadie que nos ignorara. Había gente cuyas miradas parecían ser de sorpresa, asombro. En cambio, habían otras cuyas miradas expresaban odio, rechazo, asco.
Pero... ¿Qué más les da?, pensaba una y otra vez. Era algo inexplicable. ¿Cómo le puede molestar a alguien que otro alguien sea homosexual? ¿en qué le concierne? ¿qué le importa?
Las miles de miradas me atormentaban, me hacían sentir incómodo. Observado. Pero si quería que algún día me tomasen por persona normal y así pasara totalmente desapercibido, debía colaborar ahora individualmente poniendo mi granito de arena, para que este insignificante hecho sea algo más común, y así, con el paso de los años, se convirtiera en algo frecuente, algo fácil con lo que toparse.

Tras varios minutos de espera llegó el bus. Subí junto a Álvaro. El conductor me conocía. Y yo a él. Era Germán, un íntimo amigo de mi padre del partido. Me saludó sonriente y me preguntó por mis padres.

Álvaro y yo fuimos a buscar asiento. Me preguntó quién era el conductor y le expliqué.
-”Germán es un compañero de mi padre del partido. Bueno, más bien de política, porque ambos están cada vez más desvinculados del partido. Pero suelen quedar para debatir y conversar. Germán es otro Carlista Tradicionalista que, como mi padre, desea una monarquía absoluta, sin división de poderes, patriota y católica por imposición. Como dice su lema “Dios, patria, rey, fueros”.
-”Joder, ¿qué bien, no? ¡Cómo evoluciona el mundo!”, añadió Álvaro.
-”Las peleas principales de mi familia suelen ser por temas políticos... Ya lo sabes. Y son todos muy cerrados. No se puede discutir con nadie. Excepto con mi primo Agus, a quién hace casi tres años que no veo por culpa de mi padre. Se pelearon en una cena de nochebuena porque Agus comentó que empezó a tener contacto con el Partido Carlista, que son los que siguen a Carlos Hugo, que reformó el Carlismo proponiendo algo así como una monarquía socialista autogestionaria y federal. Algo muy raro, ¿verdad? Pero es con quién mejor me llevaba. Daba gusto hablar con él. Era carlista por tradición, pero era totalmente abierto de mente. ¡Y encima socialista! Imagina como fue eso para mi padre... Que un sobrino suyo se hiciera socialista y apoyara al partido opuesto de la familia... ¡Es inadmisible!”.
-”Pues vaya. El tema del socialismo autogestionario es muy interesante... Pero quitando lo de carlismo y monarquía, por supuesto”, añadió Álvaro, riéndose, a lo que respondí con una sonrisa.
Tras dos minutos de silencio, dije: “qué frío tengo... Parece no estar puesta la calefacción”, a lo que Álvaro me dijo: “Yo no tengo frío, coge mi chaqueta”.
Me la puso por encima y me agarró de una mano, la cual comenzó a frotar para calentarla. Justo en ese momento un hombre de una pareja joven que estaba a nuestro lado, en la otra fila del bus, nos echó una mirada un tanto despectiva y murmuró algo con su chica. Estaba claro que ese algo debíamos ser nosotros, puesto que, justo después, la chica miró hacia nosotros, sorprendida, y comenzaron a comentar más cosas. Pero eso no me quitaron las ganas de luchar. Sí, luchar. Parece una tontería, pero no lo es, porque cuando intentas que te sean totalmente indiferentes esas murmuraciones y comentarios y en consecuencia, te enfortalezcas, estás luchando. Luchas contra la represión, contra la discriminación, contra la intolerancia. Pones un granito de arena por visibilizar algo tan escondido socialmente como lo es la homosexualidad. Escondida a empujones por las instituciones religiosas y conservadoras. Pero no, no me van a esconder, pensaba. No pienso pasar por eso. Tengo mi dignidad y debo ser respetado como cualquier otra persona.

Tras cinco minutos, llegó nuestra parada de destino. Nos levantamos y caminamos hacia la puerta trasera, pasando por delante de aquella curiosa pareja, la cual no pudo evitar mirarnos de nuevo, aunque esta vez, siendo mucho más descarada.
Cuando habíamos bajado y nos disponíamos a caminar hacia el parque en el cual habíamos quedado con Amal, no pude evitar darle un beso a Álvaro delante del cristal del bus tras la cuál se encontraban aquella pareja. Le miré, le agarré la cara y le besé apasionadamente.
Él se sorprendió tanto como la pareja normal que se ubicaba en el bus. Solo que aquella pareja además de sorprendida, puso una ligera cara de asco.

El bus arrancó y seguí besando a mi chico, el cual, al finalizar aquel cálido beso, me preguntó: “¿qué haces?”.
-”Besar a mi chico y dar una lección de respeto y tolerancia a esos dos borregos. ¿Te ha molestado?”, le respondí.
-”No, no. Para nada. Pero me ha sorprendido mucho...”, me dijo.

A lo lejos visualicé a Amal. Era fácil ver aquella chica morena de impresionantes ojos verdes. Qué guapa es, pensé. Amal corrió hacia mí, y yo hacia ella. Nos dimos un fuerte abrazo y no pude evitar soltar alguna lágrima.
-”¿Qué tal estás cariño?”, me dijo Amal.
-”Ahora bien, muy bien... Pero lo he pasado fatal... Ahora te contaré”, le respondí.
Nos dispusimos a caminar hacia el interior del parque, en busca del banco que solíamos ocupar.
-”¿Dónde están Paula y José?”, le pregunté.
-”Vienen a las 8. Tienen ensayo en la banda...”, me contestó Amal.
-”¡Ah!, es cierto... La banda. Tenían ensayo todos lo viernes y sábados...”.

Hubo un pequeño silencio y sin haber preguntas de por medio de parte de Amal, comencé a contar lo ocurrido. Le conté todos los detalles. Desde la frialdad que mi padre emanaba el viernes desde aquel sillón, mientras yo comía esas secas lentejas, hasta la preocupación de mi madre por renovarme el móvil.
Se quedó sin palabras. Estaba sorprendida. Totalmente sorprendida. Aunque sabía que algo había ocurrido, desconocía qué era. Y en cualquier caso, estoy seguro que lo último que se imaginaba era eso.
-”Me he quedado muerta. Muerta”, me dijo Amal.
-”Lo sé, solo hay que verte la cara mientras me escuchabas”, le respondí, riéndome.
-”¿Pero entonces que va a pasar ahora? ¿no tienes miedo?.
-”Claro que lo tengo. Y mucho. Pero no sé. No sé qué pasará. No he hablado más con ellos, no sé cómo lo estarán asumiendo...”.

Hubieron unos minutos de silencio hasta que Álvaro propuso dar un paseo a la espera de que llegaran Paula y José. Salimos del parque y fuimos en busca de algo para comer.
Entramos en nuestra panadería habitual, donde Amal se compró un bocadillo, Álvaro una botella de agua y yo una bolsa de patatas. Como siempre hacíamos. Acto seguido, fuimos a continuar el breve paseo del que podíamos disfrutar hasta la llegada de Paula y José.

Paula y José eran amigos de Amal. Nos conocimos hace poco, un mes más o menos, cuando Amal me los presentó. Paula y José eran pareja y llevaban siete meses juntos. Él tenía dieciséis años y ella dieciocho. Me caían muy bien, pero les conocía bastante poco, aunque tenía curiosidad por acercarme más a ellos, pues parecían personas muy interesantes, diferentes, alternativas y curiosas. Muy curiosas.
Paula era una chica un poco punk. Sus pitillos ajustados, sus botas militares y su camiseta reivindicativa o de The Sex Pistols o de The Ramones bajo su sudadera de color oscuro, desteñida y con parches, eran lo que más le caracterizaba. Y por no hablar de su pelo. Era genial. Era rubia, con ambos lados rapados y el flequillo corto, con una melena no muy larga por detrás.
Recuerdo la primera y única vez que mis padres me vieron con ella. Al llegar a casa me echaron una charla sobre la amistad, recomendándome lo que ellos consideraban buenos amigos, que además de ser buenos, debían tener buen aspecto físico. El de Paula no les valía, obviamente. Aunque lo que me salvó de una buena discusión con ellos fue decirles que Paula estudiaba Medicina. Entonces ya les era suficiente. Sabiendo que su hijo es amigo de una futura médico, aunque ésta sea una punki anarquista y radical, les hacía quedarse tranquilos. Menuda idiotez. Podría salir con una chica super cool, que vistiera a gusto de mis padres, que aparentara ser tradicionalista, y que luego consumiera cocaína o se emborrachara como una cuba cada sábado por la noche. Pero ese día les di una lección a mi padre sobre algo que debería estar ya superado, que las apariencias engañan.
José, en cambio, era lo que cualquier persona calificaría como un chico normal. Vestía con vaqueros, sudaderas de Pull and Bear y zapatillas Converse o de deporte. Tenía el pelo medio largo y castaño oscuro. Simpático, agradable, gracioso y extrovertido. Al igual que Paula.

Llegamos al parque a las ocho menos diez, y buscamos el lugar en el que habíamos quedado con José y Paula. Pasaron cinco minutos hasta que los vimos a lo lejos.. Mientras tanto, Amal conversó con su primo Álvaro sobre su familia, ya que había habido algún problema últimamente entre dos de sus tíos por un malentendido.
Amal se levantó y fue a buscar un baño. Nos quedamos Álvaro y yo en aquel banco. Solos.

-”Hola, ¿qué tal estáis guapos?”, nos dijo Paula mirándonos a Álvaro y a mí, a la vez que ponía pose de darnos un abrazo. Ambos accedimos, como siempre hacíamos.
A José le dimos un beso cada uno. José era de los pocos chicos normales que para saludar besaban a las personas, aunque éstas fuesen chicos. Un alivio saber que hay chicos que se rebelan contra esa manía de dar la mano para demostrarle a la otra persona que está ante una masa repleta de testosterona.
-”Bien, ahí voy”, le respondí, sonriendo.
-”¿Qué te pasó ayer? Estuvimos esperándote muy preocupados... No sabíamos qué te había pasado...”, añadió Paula.
-”Pues que mis padres se han enterado de que...de que estoy saliendo con Álvaro”, le dije.

Paula se quedó sin saber qué decir. Por supuesto que ella sabía que Álvaro y yo estábamos juntos, eso no le era para nada una novedad. Aunque nos conocíamos poco, ella sabía cómo eran mis padres. Cómo era mi entorno familiar.
-”¿Y cómo se lo han tomado?¿cómo estás tú?”, añadió.
-”Fatal, se lo han tomado muy mal. Me rompieron el móvil y no me dejaron salir. Supuestamente estoy castigado, pero se han ido de viaje todo el finde y me he escapado. Esta mañana estuvo Álvaro en mi casa. Menos mal que la asistenta es muy enrollada... Si no, no sabríais nada de mí todavía... Pero bueno, pese a todo eso estoy bien. Dentro de lo que cabe, por supuesto. Pero bueno, voy a aprovechar el tiempo que pueda hasta que lleguen a casa el martes”.
-”Joder tío, lo siento mucho... Ya sabes, cualquier cosa cuenta conmigo... ¿eh?”, me dijo Paula, acariciándome la cara, a lo que añadió: “¡ah! Se me olvidaba. La semana pasada comencé de activista en una asociación de gays y lesbianas que llevan unos compañeros de la Facultad. Así que, si queréis, podéis veniros. Se conoce gente muy enrollada, muy abierta y distinta. Organizan actividades, charlas, acciones... Está muy bien. ¡Veniros!”.
-”Está muy bien, eh... No os arrepentiréis”, añadió José.
-”¿Es la asociación gay radical de la zona centro?”, preguntó Álvaro.
-”Sí”, respondieron Paula y José a la vez.
-”¡Entonces hemos estado! Llevamos dos meses yendo cuando podemos... La próxima vamos juntos, que nosotros llevamos dos semanas sin ir...”, comenté.

Paula era también una chica muy activista. Muy preocupada por los problemas sociales. Ecologista, feminista, un canto continuo a la libertad y contra la opresión. Así era ella. Me sorprendí al ver que estaba en aquella asociación gay. Es cierto que hay mucha gente comprometida políticamente, pero que alguien normal y hetero se preocupe por la situación de la homosexualidad y luche poniendo su granito de arena para paliar dicha injusticia e intolerancia, me era tan sorprendente como admirable.
Paula y Álvaro ya se conocían de hace más tiempo. Eran compañeros de lucha. Ambos militaban en la Confederación Nacional del Trabajo, la CNT. Yo sin embargo no militaba políticamente en ningún partido o sindicato, exceptuando la presencia en alguna que otra asamblea del movimiento 15-M. Lo bueno que tenía esto de estar metido en el círculo del politiqueo, aunque fuera muy indirectamente, es que el ambiente era muy abierto, amplio, variado, tolerante y respetuoso. Los compañeros de la CNT de Álvaro sabían que estábamos juntos. Incluso a veces me acoplaba con sus compañeros a tomarnos algo cuando terminaban sus reuniones. Igual pasaba en mi caso. Mis compañeros del 15-M también conocían mi homosexualidad. Desde que mi padre se enteró que iba a las asambleas, tenía que ponerle una buena excusa para que me dejara salir de casa un miércoles y escaparme a la reunión. Pero pocas veces lo conseguía.

Llegó Amal y saludó a Paula y a José. Propuso ir a una tetería, y hacia allí fuimos.
Era la tetería en la que quedé a solas por primera vez con Álvaro. En la que nos conocimos más profundamente y en la que compartimos nuestros problemas. Al entrar, se me vinieron a la mente todos los buenos recuerdos que tenía de aquella tarde. Fue de las mejores de mi vida.
Todos pedimos té menos Amal, que se tomó un batido de los que hacían allí.
Álvaro comenzó a hablar de las experiencias comunales y autogestionarias con Paula. Amal y José comenzaron a hablar de los estudios.
Yo me quedé callado y apartado del mundo, pensando en todo lo que había ocurrido el día anterior y reflexionando sobre lo que podía ocurrir en cuestión de días. Tenía miedo y me sentía muy inseguro. La tristeza y la inseguridad me abrumaron y se apoderaron de mí durante toda mi estancia en la tetería.
VI

Llegué a casa a las doce de la noche, pero no llegué solo. Llegué acompañado de Álvaro. Le invité a quedarse a dormir, y gracias a que su padre estaba muy indiferente desde la muerte de su madre y a que estaba centrado en su nueva relación, le dejaba hacer lo que quisiera.
Llegué y allí estaba Amanda. Tan simpática como siempre. Nos saludó a Álvaro y a mí.
-”Han llamado tus padres... Les tuve que decir que estabas duchándote... Casi me busco un lío...”.
-”Vaya... Lo siento. Espero que no sospechen nada. ¿Qué te preguntaron?”.
-”Nada, en verdad. Simplemente querían saber cómo estabas, pero no los vi muy dispuestos a hablar contigo...”.
-”Bueno, mejor. Paso de hablar con ellos... Eso solo hace cabrearles más y sentirme más impotente por no poder hacer nada. Y lo peor, que el martes llegan y no sé cómo estarán. Así que Carpe Diem. A disfrutar el poco rato que me quede...”, a lo que inmediatamente, sin dejarle pronunciar una palabra a Amanda, añadí: “¡Ah!, que se queda Álvaro a dormir. ¿No te importa no?” mientras salía del oscuro y sombrío salón en dirección a la escalera.
-”Anda, no digas tonterías. Qué va a importarme... ¡Buenas noches guapos!”, añadió Amanda.
Subí a mi cuarto. Allí estaba Álvaro, bajo las mantas de invierno y leyendo Dios y el Estado, de Bakunin.
-”Anda que si mi padre supiera que tengo a un chico anarquista entre mis sábanas...”, comenté riéndome mientras me introducía en la cama.
Álvaro se rió, y añadió: “si tu padre supiera que ése anarquista te va a comer a besos ahora mismo...”.

Álvaro me besó de una forma muy pasional y tierna, ante la cual no me resigné. Cedí mis labios a los suyos. Eramos un todo, conformamos una unidad, pues ya no eramos dos mitades que se unían, sino uno mismo. Necesitaba que se mostrara un continuo afecto por mí ya que esa sensación de tristeza acompañada de esos confusos sentimientos de rabia e impotencia que me perseguían me hacían necesitar el calor humano de otra persona. De aquella persona. De la persona a quién amaba. Aquel fugaz momento de placidez y felicidad pasaron por mí creándome una agradable sensación de bienestar. Era, en ese momento, cuando me sentía realmente querido por alguien, cuando no me sentía solo en este degradante y triste mundo. Era cuando le veía algo de sentido a mi existencia. Y no por el hecho de tener una pareja. Álvaro era para mí mucho más que una pareja. Era mi compañero, mi amigo, mi psicólogo. Eramos mucho más que una simple pareja. Me sentía arropado por él solamente ante su presencia, al estar frente a sus ojos que me miraban con una seguridad que me creaban una sensación de fortaleza y que me hacían pensar “voy a seguir adelante. No puedo rendirme”.

Nuestros labios volvieron a encontrarse en muchas ocasiones a lo largo de la noche. Dios y el Estado era el cómplice principal de aquel confluir continuo de besos y caricias.
Tras un buen rato de goce acabamos rendidos. No había nada mejor que tras acabar de fundirnos en una sola pieza, me quedara abrazado a su lado, teniendo presente que con quién acababa de compartir tanto no era una persona cualquiera, sino que era la persona que brindaba mi existencia.


Eran las diez de la mañana de un soleado y plácido domingo cuando Amanda llamó a la puerta.

-”¿Queréis desayunar?”, dijo Amanda asomando la cabeza por la puerta.
-”Vale. Prepara unas tostadas y dos vasos de leche, cuando puedas. En un rato bajamos”, respondí confuso sin tener conocimiento de la hora que era y teniendo los ojos deslumbrados por los rallos de sol que llevaban unas horas atravesando la ventana.

Estabamos desayunando Álvaro y yo, mientras Amanda limpiaba y ordenaba la casa.
Sonó el teléfono y acudió Amanda. A los dos minutos me dijo que me pusiera ya que mi padre quería hablar conmigo. En ese momento, se me encogió el corazón y me puse a temblar. Un escalofrío se apoderó de mí.
-”¿Sí?”, respondí al teléfono.
-”Ezekías, soy papá. ¿Cómo estás?”.
-”Pues bien, desayunando... ¿Y vosotros?”, le comenté, intentando esconder el nerviosismo y la inseguridad que me caracterizaban.
-”Me alegro... Mira, hijo. Tu madre y yo hemos estado hablando profundamente con Diego, mi gran amigo de la juventud, a quién hemos visitado en nuestro viaje a Badajoz. Él nos ha ayudado mucho a intentar comprender que...que... que eres homosexual. Es muy buen psicólogo y nos ha hecho ver muchas cosas. Esto no significa que tengas un padre progre de esos que votan a los de la zeta, pero sí un padre que está intentando entender lo que tan difícil de comprender supone para unos padres cristianos como nosotros. Tener un hijo homosexual es algo muy duro. Y por muchos motivos. Primero por tí, porque puedes verte afectado en muchas cosas... Ninguno de los grandes triunfadores son abiertamente homosexuales. ¿Me entiendes?”.
-”Papá, no todo en esta vida se basa en triunfar, ganar dinero, y tener éxito”, le respondí de forma brusca y seca.
-”Pero entiende que eso para la familia no es precisamente apropiado...”.
Mi nerviosismo y mi miedo se transformaron en rabia. No podía creer lo que estaba escuchando.
-”Osea, ¿que lo único que te importa es el prestigio de la familia? Ese es tu problema papá, que sólo piensas en dinero, fortuna y prestigio, sin importarte la felicidad de los que te rodean. Y qué quieres que te diga, me cuesta creerme este cuento que me estás contando. Creo que es una charlita para contentarme y limpiarte la conciencia, haciéndote sentir bien pero sin modificar tu mayor problema. Tu moral”, le respondí.
Acto seguido colgé el teléfono y salí corriendo. No sabía si lo que había hecho podía acarrear algo peor. Sentía miedo. Mucho miedo.
Álvaro fue en mi búsqueda. Yo estaba llorando sin consuelo. Más por miedo que por arrepentimiento. Conocía a mi padre. Su inestabilidad, su agresividad. Quizás podía pagar su frustración y rabia con mi madre. De todo se me pasó por la cabeza. Álvaro intentó tranquilizarme. Le conté lo sucedido y me abrazó mientras me sugería tomarme algo para tranquilizarme.
Al rato subió Amanda con una tila y, estando más tranquilo, le expliqué lo ocurrido.
“Tranquilo, no te preocupes, yo hablaré con tu madre, a ver qué me dice...”, me comentó Amanda mientras me daba un beso en la mejilla.

Amanda nos dejó a solas, y de nuevo me sentía hundido. Como si el consuelo nocturno que tanto me alivió de nada hubiera servido, pues estaba en la misma asquerosa situación de inseguridad, miedo e impotencia, y todo a causa de no ser estrictamente normal.
Ésas eran las reflexiones que mas me torturaban. Pensar que debía estar pasando por todo esto por ser distinto... Me era incomprensible. ¿Qué motivo tenían mis padres para estar así conmigo? Estudiaba, era responsable y buena persona. ¿Qué mas da que agarre de la mano a un chico que a una chica?
Tras una hora conseguí tranquilizarme del todo. Le propuse a Álvaro ir a dar una vuelta. Necesitaba despejarme. Salimos de mi casa. Nos llevamos unos bocatas que nos habíamos preparado. El plan era pasar la mañana en un parque tranquilo y solitario. En nuestro habitual parque. Y hacia él fuimos. Llegamos sobre las doce de la mañana. No hicimos más que estar tumbados, mirando al cielo. Era un espléndido día. Estábamos en el césped uno al lado del otro. Respiraba aire limpio y fresco. Los rayos del sol hacían que se me cayera alguna que otra lágrima del sueño. Me apetecía quedarme ahí, en ese lugar, junto a Álvaro, por la eternidad. Que nadie nos molestase, que estuviésemos solos y tranquilos en aquel pequeño paraíso alejado de la cruda realidad que me atormentaba.
Cada uno pensaba en sus cosas. Yo pensaba en aquella efímera y contundente conversación con mi padre que tanto me afectó, y Álvaro quizáspensaría en Dios y el Estado.
-”¿En qué piensas?”, me dijo Álvaro.
-”En la conversación con mi padre... ¿y tú?”, le dije.
-”Intenta olvidarlo. No le des más vueltas... Es peor...”, me dijo Álvaro, a lo que inmediatamente añadió: “yo pensaba en nosotros”.
-”¿En nosotros?”, le dije.
-”Sí. Me preocupa que todo esto pueda afectarnos de alguna manera... ¿Entiendes?”, comentó.
-”Puede afectarnos en el caso de que mis padres me prohíban verte... Pero espero que la cosa no llegue a ese extremo... En tal caso, no sé qué haría porque no sé qué sería de mí sin poderte ver. No solo porque seas mi novio, sino porque eres mi mejor y único amigo”, le dije.
Álvaro me miró con tristeza y me abrazó, arrimándome más hacia su lado, donde me quedé durante un buen rato, agarrado a él, y él a mí, pensando en diversas cosas. Desde lo cabrón que ha sido mi padre durante estos últimos años hasta en Paul-Sartre y el Existencialismo.

Eran las cuatro de la tarde cuando salimos del parque, cada uno rumbo a su dulce hogar. Fuimos andando juntos hasta que llegó el momento de coger cada uno para un camino distinto. Estábamos en medio de una calle céntrica y peatonal. Había mucha gente paseando. Muchas familias y parejas, que estaban aprovechando esa buena tarde de domingo para pasear. Álvaro y yo solo éramos una más en aquel conglomerado de grupos humanos. Éramos el último eslabón de aquella cadena humana. Éramos los anormales, los que atentan contra la moral imperante y la familia sagrada.
En el momento de despedirse nos acercamos y nos besamos durante unos cuantos segundos. Fue un beso apasionado. Ya no podría verle hasta al día siguiente, así que iba a echarlo bastante de menos, y más aún, bajo esa situación de tristeza y vacío en la que me encontraba.
El caso es que todas las personas nos miraban. Algunos por sorpresa y otros por asco. Pero lo cierto es que éramos el centro de atención en aquella vía tan transitada. Pero ya me daba igual. Creía estar en el total derecho de mostrar afecto hacia la persona que quería y lo consideraba totalmente respetable. Son ellos los catetos, me repetía a mi mismo continuamente, mientras le agarraba más fuerte de la cintura contra mí, haciendo de aquel beso, un beso profundo, intenso. Eran ellos los únicos que debían dar explicaciones por su acto tan intolerante. Es comprensible que la gente se sorprenda al ver dos homosexuales besándose en mitad de una calle. Pero se sabe muy fácilmente cuando algunos miran por sorpresa puesto que nunca han visto algo así, y cuando se hace por desprecio, asco y rechazo. Eso era lo que me daba rabia y me creaba impotencia.

Justo cuando terminamos de besarnos, pasaba por nuestro lado Eugenio, mi profesor de matemáticas, quién, bastante sorprendido, me saludó. Iba con su esposa e hijos. Todos me miraban fríamente. Quizás fui un mal ejemplo para la educación de sus tiernos y pequeños hijos.
Yo le saludé con toda la naturalidad que pude, aunque no pude evitar ponerme muy, muy nervioso. Pero me dio totalmente igual. No puedo estar toda la vida escondiéndome, y cuanto antes lo sepa la gente, mejor, pues me ahorro posibles explicaciones de mi vida privada, pensé. Tras varios segundos mirándonos el uno al otro sorprendidos de la presencia de mi profesor de matemáticas, nos despedimos definitivamente.

Llegué a casa y estaba vacía. En ese momento me acordé de que el teléfono estaba conectado y mis padres podrían haber llamado. Fui corriendo hacia él, pero no. No había ninguna llamada perdida, afortunadamente. Estaba cansado y desganado. Entonces decidí que lo mejor sería intentar dormir un rato.
A las nueve de la noche sonó el teléfono. Fui hacia él y lo descolgué.
-”¿Sí?”, dije.
-”Ezekías, soy mamá. ¿Cómo estás cariño?”, dijo mi madre.
-”Bien, estaba durmiendo”, respondí.
-”Nosotros llegaremos sobre las cuatro de la mañana... Hemos adelantado el viaje, la prima Valeria ha enfermado muy gravemente... Ya te contaremos”.
-”¿Cómo? ¿Que le ha pasado? ¿cómo está?”, añadí.
-”Ya te contaremos... No te preocupes. Descansa tranquilamente, hijo. Un beso. Adiós”, dijo mi madre, finalizando la conversación.

Me quedé traspuesto. El eterno pensamiento sobre el por qué de la intolerancia de mi padre y el por qué a mí pasó a un segundo plano. Ahora lo principal era lo que acababa de oír. Todavía estaba asimilando las palabras de mi madre a fin de intentar sacar alguna conclusión que me ofreciera mayor información que la que ella me había dado.
¿Qué podría haberle pasado a Valeria? era la pregunta que desde ese momento estuvo rondándome en la cabeza.
Valeria era una prima por parte de mi madre. Era hija de mi tía Lourdes, la tita Lou. Tenía doce años, acababa de comenzar la ESO en un prestigioso colegio privado. Era una niña super linda, simpática, carismática, buena. Era una niña ejemplar. Me daba cierta rabia la educación que ella recibía de parte de su madre, mi tita Lou, pues consideraba que la estaba llevando por el camino del egoísmo y del materialismo. A Valeria la apreciaba mucho. Muchos fines de semana se quedaba en casa. Veíamos alguna película, jugábamos a algún juego de mesa o charlábamos. Era sorprendentemente madura para su edad.
No tenía hambre y me puse a ver la televisión. No aguanté mucho tiempo viendo debates absurdos y demás telebasura por lo que decidí apagar la caja tonta.
La tristeza envolvió mis entrañas. Mi cabeza era un confluir de amargos pensamientos: Álvaro, mi padre, mi homosexualidad, y ahora, Valeria. Mi Valeria.
Tras una hora pensando, caí rendido en el sofá del sombrío salón.
Unas horas después, mi madre me despertó.
-”Hijo, que hemos llegado...”.
Con voz de haberse acabado de despertar, mostrando confusión, le pregunté si había visto a Valeria.
-”No, vamos a ir ahora... Hemos venido a cambiarnos y arreglarnos un poco. Vente, están allí todos los primos... Hasta los de Francia”.
-”Entonces... Ha debido ser grave, ¿no?”, pregunté con la voz rota.
-”Ahora hablamos en el coche. Vístete y lávate la cara, anda”.

Me vestí corriendo, me lavé la cara y los dientes, me peiné y fui hacia el coche, donde estaban esperándome ya mis padres.

-”Hola”, dije al subirme.
-”¿Has cerrado la puerta?”, dijo mi padre.
-”Sí”, le dije lo más fríamente que pude.
-”¿Esto... ¿Qué le ha pasado a la prima?”, pregunté.
-”Ha tenido un grave accidente. La ha atropellado un coche” dijo mi madre.

No supe qué responder. Me quedé callado, sin saber qué decir ni a dónde mirar. Me quedé nuevamente traspuesto. Congelado.

Llegamos al hospital. Mi madre y yo nos bajamos mientras mi padre fue a buscar aparcamiento.
-”Perdone, ¿dónde se encuentra Valeria Romay Sáenz de Santamaría”?, le preguntó mi madre al chico de recepción.
-”Está en la Unidad de Cuidados Intensivos. Todavía no se le ha asignado habitación, por lo que aún no pueden verla”, respondió el chico.
-”Vale, gracias”, respondió mi madre.

-”Voy a llamar a la tita, a ver dónde están. Ahora vuelvo”, me dijo mi madre.
Tras tres minutos de espera, llegó mi madre. Fuimos hacia dónde se encontraban.

Estaban en una sala especial toda la familia. Primos, tíos, primos segundos, terceros... Todos estaban o bien con la mirada perdida o callados mirando hacia el suelo. Era una situación incómoda y escalofriante. ¿Qué debía hacer en una situación así? ¿Saludo o me callo y me siento?
Mi madre fue hacia su hermana. Se abrazaron. Nos sentamos a su lado, y yo no abrí la boca.

-”¿Cómo está Valeria?”, preguntó mi madre.
-”Acaban de decirnos que hay pocas probabilidades de que salga viva”, respondió la tita Lou, rompiendo a llorar entre sus brazos. Se me congeló el cuerpo. No era capaz de comprender lo que estaba escuchando. Tenía una mezcla de rabia y tristeza. ¿Cómo podía ser eso? ¿que una pobre niña de doce años pueda morir, así porque sí, sin más?
Pasaban los minutos y no había ningún cambio. Mi padre no llegaba, la gente continuaba sin saber qué decir, y estábamos a la espera de nuevas noticias.
Me puse a pensar en todo. Desde Álvaro, del cual necesitaba un abrazo, hasta en el existencialismo. Y ahora más que nunca tenía razones para ver la vida sin sentido alguno y la existencia como efímera.

Pasó una larga e interminable hora. Hacía ya un rato que había llegado mi padre y seguíamos tal como antes. Esperando una respuesta de los médicos, una respuesta que casi seguro sería negativa y que nos hundiría más aún en la tristeza, pero en la que manteníamos una mínima esperanza.
Me levanté y fui a comprar algo de beber y a que me diera el aire. Necesitaba despejarme.
Me apetecía mucho hablar con Álvaro. Como ya era lunes a las 6 y media de la mañana, esperaría a las siete y media, que era la hora en la que Álvaro se levantaba para ir a clase, y así llamarle.
Tras diez minutos tomando el aire, fui hacia la sala. Todos estaban llorando, y mi tía lo hacía desconsoladamente mientras gritaba. Me puse en lo peor, pensé que la muerte de Valeria era ya un hecho. Y desgraciadamente, así fue. Mi primo Víctor me lo confirmó al observar mi cara de asombro al ver aquella horrible situación, que sin mediar palabra alguna, preguntaba lo evidente.
-”Sí, Valeria ha muerto. Ya no está”, me dijo Víctor llorando y echándose sobre mí.
En ese momento tuve la necesidad de huir, no podía estar ahí en medio, necesitaba escaparme y despertarme de esa horrible pesadilla. Me fui corriendo por los pasillos del hospital hasta la salida. No sabía hacia dónde me dirigía. Corría sin dirección ni objetivo. Llegué hasta un cercano parque y me senté en un banco, donde comencé a llorar.

“Ha muerto Valeria... Ha muerto”, pasaba por mi cabeza continuamente. Estaba hundido. No sabía qué hacer. ¿Qué se hace en estos casos, a parte de llorar?, pensaba una y otra vez. Llegaron las siete y media y busqué una gavina de teléfono para llamar a Álvaro.

-”Cariño, ¿estás despierto?”, le dije.
-”Oh, eres tú. Sí, sí, desde hace rato. ¿Qué te pasa?”, me dijo Álvaro.
-”Mi prima Valeria ha muerto”, le respondí con la voz rota entre las lágrimas.
-”¿Cómo? ¿Cómo que está muerta? ¿Dónde estás?”,me dijo.
-”Estoy en el Hospital Universitario”, le dije.
-”Vale, en un rato estoy allí, no te muevas. Espérame en la puerta”, me dijo justo antes de colgar.

Fui caminando hacia la puerta del hospital. Tras mí corría un gran océano de lágrimas. Desde aquel momento estaría conmigo una herida incurable. Una estaca se clavó en ese momento en mi corazón. Una estaca que nunca me abandonaría, que me recordaría todos los días de mi vida que una parte de mi corazón se había esfumado.

Llegué y me senté en un escalón. Tras diez minutos de espera, llegó Álvaro. Me levanté y fui corriendo hacia él. Me caí entre sus brazos. Sin mediar palabra comencé a llorar, y el me siguió abrazando fuertemente. Estuvimos así un rato. Era lo que necesitaba en esos duros momentos, el consuelo de la persona a la que amaba. No había hablado con él, no le había dicho cómo me sentía, pero eso daba igual. Él sabía cómo me sentía y su abrazo era el consuelo al que agarrarme.
Tras ese rato de intensos abrazos y lágrimas que parecían no cesar, nos miramos el uno al otro y me secó las lágrimas de los ojos con sus manos, y acto seguido me besó tiernamente en la mejilla. Todos los que estaban en la entrada del hospital, despejándose o fumando un cigarrillo, nos miraban, pero eso era lo que menos me importaba. Lo más importante en ese momento era la pérdida de Valeria, su irrecuperable y angustiosa pérdida. Y ante esa situación, lo lógico era echarme en los abrazos de la persona a la que quería, esperando su consuelo en forma de cariño y calor humano.
Nos dirigimos hacia dentro del hospital acribillados por asesinas miradas de desconocidos y fuimos hacia la cafetería. No me apetecía meterme en aquella triste sala.

Tras descansar un poco y estando consolado por la presencia de Álvaro, pensé que debía volver a la sala para atender a mi familia. El dilema se presentó en lo que debería hacer con Álvaro. Si debía pedirle que se marchara para que mi familia no se enfadara o ir con él hacia la sala. La segunda opción me parecía la más lógica. No sería Álvaro, pues, la única persona que estuviera presente en la sala sin ser familiar de Valeria y de sus padres. Allí estaban mis primos y primas con sus respectivas parejas, acompañándoles en el dolor. ¿Por qué no debía acompañarme la persona que más quería? ¿por qué iba a tener que pedirle que se marchara cuando su ausencia me angustiaría aún más?
Además, mis padres, como todo el mundo, incluido yo, teníamos otra cosa mucho más importante en la cabeza que mi homosexualidad, que era la pérdida de la pequeña Valeria. Pero aún así, el tema de mi homosexualidad aparecía incluso en situaciones en las que debería pensar en otras cosas mucho más importantes, porque el pertenecer a esa condición sexual tan despreciada me limitaba en todos los aspectos de mi vida. Desde no poder cogerle tranquilamente de la mano por la calle, hasta la decisión sobre su compañía en mis momentos más dolorosos.

Le eché valor y le dije a Álvaro que fuéramos hacia la sala.

-”¿De verdad que quieres que vaya contigo?”, respondió Álvaro a mi sugerencia.
-”Sí, claro. ¿Por qué no? Eres la persona a la que más aprecio tengo y quiero, por lo que estar separado de ti en estos tristes momentos solo me hundiría más...”
Entramos en la sala y la situación era similar a como la había dejado. Cada uno estaba orbitando en su planeta y buscando la luz de la joven y preciada estrella Valeria.
La tita Lou estaba llorando junto a mi madre y a su marido. Nos sentamos en unas sillas en una esquina de la sala, al extremo de donde se ubicaba mi padre. Nadie notó nuestra presencia, excepto mi padre, que nos miró con desconcierto. Tras quince minutos de silencio, comencé a recordar todos los momentos vividos junto a Valeria:
Las veces que, siendo más pequeños, jugábamos a construir nuestra ciudad de Playmobil, cuando compartíamos nuestros juguetes y nos lo prestábamos durante un tiempo, hasta que nos volvíamos a ver, de navidad a Semana Santa y hasta Verano. Nos veíamos poco por la distancia entre el pueblo en el que me crié y Gijón, pero cuando llegué a la ciudad comenzamos a vernos más.
No pude evitar romper a llorar tras el recuerdo de esos momentos. De su linda sonrisa, de la felicidad que emanaba constantemente, de su constante alegría. Fue entonces cuando Álvaro me abrazó y me eché sobre él, sobre su pecho, mientras me acariciaba el pelo y la cara, secándome las lágrimas. Tras unos minutos echado sobre el pecho de Álvaro levanté la cabeza y me reubiqué. Entonces me percaté de que varios de mis familiares estaban con las miradas fijadas en nosotros, sorprendidos de nuestra conducta.

“¡Sólo pueden consolar los hombres a las mujeres! ¡Los hombres no lloran, y mucho menos en brazos de otro hombre! ¡Dónde se ha visto eso!”. Esas serían las frases que seguramente estarían pensando mis familiares, por no pensar en lo que querría haberme hecho mi padre. Seguramente desearía darme otra bofetada y mandarme afuera, pero no le convenía que fuera visto como un mal padre que pega a su hijo en público.
Ignoré las miradas e intenté pensar en otra cosa. Pero la situación me abrumaba. A mi intolerada homosexualidad, el comportamiento de mi padre así como su depresión crónica y su autoritarismo se le añadía la pérdida de mi querida prima Valeria.
Quince minutos más tarde se nos acercó mi madre.
-”En tres horas llega Gildo... Viene de camino”.
-”¿Ah sí?”, le respondí
-”Hola Álvaro, gracias por acompañar a Eze en estos momentos...”, le dijo mi madre a Álvaro.
-”Hola. No se preocupe, no me supone molestia alguna. Lo siento mucho por la irreparable pérdida... De verdad”, le contestó Álvaro.
Mi madre desapareció entre sonrisas de agradecimiento que le costó sacar de su triste cara.
No me podía creer la reacción de mi madre. Esa reacción tan natural y tolerante. Quizás está debilitada por la situación y no quiere buscar más problemas y disgustarse más, pensé.

Los minutos pasaban y la situación era la misma. Sin embargo tenía un mínimo consuelo que haría levantarme un poco la escasa felicidad que entonces tenía, la llegada de Gildo.

VII

Cuando menos me lo esperaba, estando desconectado de este mundo y pensando en el sentido de la vida y lo injusta que ésta es, apareció por la puerta un hombre alto, moreno, con pelo medio largo, con mucha barba, y una maleta. Era Gildo. Mi madre, mi padre y yo cogimos la fuerza que no teníamos y fuimos corriendo hacia él para abrazarlo. Esa fue la escena familiar más cariñosa desde hacía muchos años. Es triste pensar que esa escena tuvo lugar por la pérdida de un ser querido y no por nuestra propia voluntad. Tras ese abrazo en común, le abrazamos uno por uno. El último en hacerlo fui yo. Nos dimos un fuerte abrazo y dos besos.
-”¿Qué tal el viaje? ¿estás muy cansado?”, le pregunté.
-”Sí, estoy cansado, no he dormido nada... Es muy fuerte lo que ha pasado, no me lo esperaba para nada. Cuando mamá me llamó para contármelo me quedé de piedra...”, me respondió.
-”Voy a soltar la maleta y a saludar a toda la familia... Después nos vemos”, añadió.
Fui hacia la esquina, a sentarme en la silla donde estaba, junto a Álvaro.
-”¿Qué tal con tu hermano? ¿Cómo está él?”, me preguntó Álvaro.
-”Está cansado por el viaje... Y respecto a lo de mi prima, está fatal. No ha dormido nada... Después hablaré con él y te lo presento”, le dije.

Pasó un rato y la gente comenzó a irse. Nos volveríamos a encontrar todos en el tanatorio y más tarde en el entierro. Mis titos debían seguir allí hasta la espera de la llegada de los médicos, y nosotros junto a otros familiares, los acompañaríamos.
Se acercó mi madre y me dijo: “Le han propuesto los médicos a la tita de donar los órganos de Valeria...”
Me quedé helado, y tras unos segundos sin decir nada, respondí: ”¿Y qué va a hacer?”
-”No lo sabe... Es un dilema. Ninguna madre se pregunta si su hija de doce años va a morir, y mucho menos si, en ese caso, querría que donara sus órganos”, me respondió mi madre, a lo que justo después añadió: “en un rato nos iremos, ¿vale?”
-”Vale”, le respondí.

-”Vamos un rato fuera, porfa”, le dije a Álvaro.

Tras decírselo a mi madre, salí hacia fuera con Álvaro. Fuimos a la cafetería, donde mi madre iría para avisarme cuando tuviésemos que irnos.
Yo seguía destrozado. Sentía un enorme vacío, rabia, coraje, impotencia, miedo y una enorme tristeza. Era una sensación que no le deseaba a nadie, ni a mi peor enemigo.
-”Ahora me tendré que ir con mis padres a casa. Por la tarde me gustaría mucho poder verte, pero no sé si me será posible. Si puedo, ya me buscaré la forma de llamarte... Pero tú mejor no vengas a mi casa, que como sea mi padre quien abra la puerta... O quizás cuando vayamos al tanatorio, quizás allí podamos vernos. No quiero estar separado de mi familia que tanto me necesita en estos momentos, pero también te necesito a ti. Es un dilema. La solución es estar con ambos, que es lo que pretendo, pero no es tan fácil... Por habernos abrazado antes fíjate como nos miraron todos, aunque eso me da igual. Lo que realmente me preocupó fue la mirada tan odiosa de mi padre. ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil? En estos momentos lo que necesitamos es reunirnos con quiénes más queremos. Ahí está mi primo Juanjo con su novia Tatiana y mi prima Lucía con su novio Hugo, acompañándose el uno al otro en el dolor. ¿Por qué no puedes acompañarme tú sin temer al qué dirán y a las posibles consecuencias? ¿por qué no podemos pasar desapercibidos como todo el mundo?”, le dije enfurecido, desahogándome de la impotencia que sentía.
-”Ya, cariño. Es injusto... Pero tu sabes que no tengo problema en acompañarte. Si no te insisto es porque sé que puede traerte problemas con tu familia, pero no hace falta que diga que por mí te acompaño donde sea...”.
Cuando Álvaro terminó de pronunciar sus palabras, apareció por la puerta Gildo, que se acercó hacia nosotros.
-”¿Tú debes ser Álvaro, no?”, le preguntó Gildo a Álvaro, acercándose hacia él para darle dos besos.
-”Sí, soy yo. Encantado”, le respondió Álvaro, dándole dos besos.
-”A ver si nos vemos en estos días. Voy a pasar unos días en casa con mis padres y con Eze. Aunque unos momentos duros y estoy muy débil, estaría bien que nos tomáramos un café o lo que sea y charláramos un rato”.
-”Claro, cuando tú quieras...”.
-”Eze, tenemos que irnos... Papá ha ido a buscar el coche. Dale un beso a tu novio y vayámonos, anda...”, me dijo Álvaro.
Me sorprendió mucho la naturalidad con la que Gildo me propuso aquello que deseaba hacer pero que me impedía a mi mismo hacerlo. Darle un beso a mi novio. Un simple beso de despedida a la persona que me acompañaba. Me costó mucho, muchísimo. Ahora o nunca, pensé. Así que no lo dudé dos veces y, tras haberme levantado y decirle a Álvaro que procuraría llamarle por teléfono durante la tarde, me acerqué a él y le dí un beso y un fuerte abrazo. Gildo le dio una palmada en el hombro y sacó una sonrisa de donde pudo. Después le prometió que se tomarían un café, y nos fuimos.

Salimos del hospital y estaban nuestros padres esperándonos con el coche en doble fila. Nos montamos en el coche y les saludamos. Solo respondió mamá. Cuando llegamos a casa mi hermano fue hacia su cuarto para deshacer la maleta y fui con él a acompañarle. Papá salió a comprar. Mamá, fue a su dormitorio.

-”¿Cómo estás? Sobre el enfado de papá y eso... Ellos me llamaron histéricos para contármelo. Tenía pensado venir para acá igualmente...”, me dijo Gildo.
-”Lo he pasado fatal, he estado muy triste. Y ahora encima se junta lo de... lo de nuestra prima. Esto es un infierno interminable”, le dije, y comencé a llorar.
Me fui hacia sus brazos y empecé a desahogarme. Le conté a detalle lo mal que me había sentido. El sentimiento de impotencia, rabia y tristeza que estuvieron junto a mí durante estos tres días y el miedo que había pasado.
-”Menos mal que papá y mamá tuvieron que irse el fin de semana a Badajoz, porque si hubieran estado aquí, hubiera sido peor. Además, ahora tienen otros problemas que afrontar mucho más importantes. No creo que le dediquen mucho tiempo a tu condición sexual. Y si lo hacen, aquí estoy yo para ayudarte. No te preocupes”, añadió Gildo.
Le di otro abrazo y tras haberle sonreído, me fui hacia mi cuarto. Me tiré en la cama. Los recuerdos de Valeria me abrumaban. Y a ello se le sumaba la empatía que sentía hacia mi tita Lou. Tiene que ser muy duro. Yo no podría vivir así, pensé cuando me imaginaba cómo debía sentirse mi tita.
Tras dos minutos en los que miles de recuerdos me infectaron el corazón, rompí a llorar y caí rendido.
Pasó una hora cuando mi madre llamó a la puerta.
-”¿Puedo pasar?”, preguntó.
Con voz de estar recién despierto, le dije que pasara.
Mamá se sentó en la cama a mi lado y comenzó a hablar.
-”Hijo, siento mucho haberte roto el móvil”.
-”Mamá, eso me da igual”.
-”¿Cómo estás? Sé que lo has debido pasar mal... No sé qué me pasó. Ya sabes que nunca he sido una persona intolerante. Creo que pagué mi cabreo con el mundo contigo. Lo siento mucho, de verdad. Yo solo quiero que seas feliz, y si tú eres feliz con Álvaro, yo soy feliz. Pero a quién le va a costar aceptarlo es a tu padre. Ya sabes cómo es... Qué voy a decirte yo... Eso sí, he de decirte que no me lo esperaba para nada, y me sorprendió mucho. Muchísimo. Pero estos días en Badajoz estuve dándole muchas vueltas y llegué a la conclusión de que me porté muy mal contigo. Sabiendo lo cabrón que es tu padre lo más lógico hubiera sido apoyarte y defenderte, no responsabilizarte de mi tristeza y mi depresión. Llevaba mucho tiempo triste, ya lo sabes, y lo pagué contigo. Lo siento mucho, hijo”.
Tras aquellas palabras, mi madre me dio un beso y se fue. Permanecí acostado en la cama, sin perder de la mente a Valeria. Necesitaba el calor que me daban los abrazos de Álvaro. Necesitaba verle.
Me levanté de la cama y fui al baño a lavarme la cara. Después, fui en busca de Gildo.

Fui hacia el salón. No pretendía entrar allí ya que era donde mi padre solía estar, pero supongo que por costumbre accedí, pues solía pasar varias horas al día en aquel salón, por lo que me dirigí hacia él sin motivo alguno.
En el sofá estaba tumbado mi padre. Una vez entrado, le pregunté: “¿dónde está Gildo?”, a lo que respondió muy bordemente: “Te referirás a tu hermano Hermenegildo, ¿no?”
-”Sí”, le respondí.
-”Pues creo que está en el sótano”.

Entonces fui hacia el pasillo central, donde estaban las escaleras que conducían al sótano. Una vez entrar en él, pude ver a Gildo tumbado en el sofá fumando un cigarrillo bajo la luz tenue que le acompañaba junto al calor de la chimenea.
Me senté a su lado.
-”¿Estás bien?”, le pregunté.
-”Regular... Estaba pensando en la tita Lourdes... ¿Cómo estará? ¿cómo se sentirá?”.
-”Son esas las preguntas que todos nos hacemos... Tiene que ser muy duro. Por mucho que intentamos ponernos en su lugar, me temo que es imposible saber cómo se siente realmente...” le dije a Gildo, a lo que añadí, “¿al final... qué hizo con el tema de... de la donación?”
-”No los donó... Ya sabes cómo es la tita Lourdes. Es muy religiosa. También la enterrará en el cementerio. No la incinerará”.
El silencio reinó en aquel oscuro sótano durante los siguientes largos minutos.
-”Eze, quería hablar contigo sobre lo que te pasó estos días. No hemos podido hablar todavía sobre ello, pero tenía muchas ganas de hacerlo. Tenía pensado venir para acá lo antes posible, y al final he venido antes de lo esperado... ¿Tú cómo te sientes? Ahora, digo. ¿Estás bien?”
-”¿Ahora mismo? Estoy bien dentro de lo que cabe. Primero porque estás tú, y segundo porque todavía no me han vuelto a echar la bronca. Es muy triste que la muerte de Valeria sea la causa, aunque temporalmente, de que papá y mamá pasen de mí un poco y no le den tanta importancia al temita...”
-”Ya, es muy triste. Pero ya sabes cómo son papá y mamá. Tradicionalistas no, peor aún. Aunque papá es mucho peor que mamá en ese aspecto. Ya le conoces. Es como que quiere mantener un imbécil e innecesario prestigio en la familia, el cual ve peligrar porque seas homosexual. Una tontería increíble. Pero es así, él lo ve de esa forma. De todas formas, creo que si mamá se ha portado así contigo ha sido por lo subordinada que está a papá, no porque realmente le moleste tanto. Es cierto que en el primer momento, al enterarse, se enfadara un poco. Pero si no te ha apoyado o defendido o incluso te ha recriminado, ten por seguro que eso es por no oír a papá y tenerlo contento”.
-”Ya, eso lo sé. Pero ponte en mi lugar. Me he visto sin apoyo alguno y desconectado del mundo. No tenía con quién hablar. No tenía a quién contarle mi sufrimiento. Si no llega a ser por Amanda, no sé qué hubiera sido de mí este finde. Aún estando con Álvaro me sentía triste, decepcionado y solo. Así que imagínate si llego a estar solo...”
-”Creo que puedo imaginarme cómo te has sentido. Ya sabes que tengo muchos amigos homosexuales y he estado con ellos en sus peores momentos. Y sé cómo es papá, por lo que no me es muy difícil hacerme una ligera idea de cómo habrás estado”, añadió Gildo. Justo después me abrazó y me dio un beso.
Más tarde, tras haber estado un rato junto a Gildo, frente al calor de la chimenea y sin pronunciar palabra alguna, llegó nuestra madre y nos dijo que íbamos al tanatorio.
En el camino hacia el tanatorio nadie dijo nada. Estaba la radio encendida, en la emisora preferida de mi padre: Radio María.

Llegamos a la sala en la que se hallaba expuesto el cuerpo de Valeria. Estaba dentro de su ataúd, el cuál estaba cerrado. Por lo que no podíamos verla. La madre, mi tita Lou, había decidido que fuera tapado ya que quería que nuestros recuerdos de ella fueran los de una niña llena de alegría.
En la sala había mucha gente. Mucha que ni siquiera conocía. Primos, primas, primos terceros, la amplia familia de mi tío político, todos los profesores de Valeria y las madres de sus compañeros de clase. Las vecinas de mi tía. En definitiva, mucha gente. Mucha. Estaba a rebosar.
Es normal, pensé, pues teniendo en cuenta lo que ha conmocionado a la gente su muerte. No era más que una linda niña llena de alegría y que estaba totalmente sana. ¿Quién iba a pensar que Dios iba a llevársela consigo tan pronto?, pensé. Gildo y yo decidimos salirnos hacia fuera ante el denso agobio que había en aquella sala. Fuimos a la cafetería y nos pedimos dos refrescos. Mi cara estaba descompuesta. El haber estado a menos de un metro del cadáver de mi prima pre-adolescente me hizo volver a pensar en el Existencialismo, en la Muerte y en Dios. Siempre había tenido fe, en parte porque se me había educado bajo unas determinadas creencias religiosas. La existencia de Dios en casa era una cuestión más que evidente. En verdad sabía de que mi creencia en Dios era consecuencia de la educación teocéntrica que había recibido, pero tras muchas horas de reflexión propia seguía manteniendo que debe haber un ser supremo. Pero en estos momentos era cuando realmente veía peligrar mi fe, pues, ¿cómo iba a permitir un Dios con dos dedos de frente dejar morir a una pobre niña? ¿Cómo podía ser eso posible? A pesar de mi creencia en Dios, mi posición respecto a la moral católica era muy crítica. Yo no me consideraba católico, solía definirme como cristiano de base. Simplemente creía en la idea de Dios, y me agradaba el hecho de saber que podía existir un más allá y que el alma seguía viva tras la muerte del cuerpo. Me consolaba. Pero en momentos como estos, me sentía completamente vacío e impotente ante aquel Dios que parecía haberme abandonado en estos duros momentos.
Otra cosa que ocupó un gran lugar en mi pensamiento fue el existencialismo. Éste era un tema muy presente en mi vida diaria. Empecé leyendo a Kierkegaard, seguí con Heidegger, y continué estudiando a Sartre, a quién seguía analizando.

-”Te apetece estar con Álvaro, ¿verdad?”, comentó Gildo.
-”Sí”.
-”Cuando murieron la abuela y el tito en aquel jodido accidente, Lucía me acompañó en todo momento. Nos acompañó. Estuvo con nosotros, compartiendo nuestro dolor. Pero no creo que sea recomendable que papá te viera aquí con Álvaro. No te digo de llevarlo a la misma sala, pero de estar aquí, en la cafetería, o fuera. Podrías hacerlo... ¿Quiéres llamarlo?”

Llamé a Álvaro y le conté lo triste que estaba. Le comenté que si quería podía venir a acompañarme. No lo dudó y me dijo que sí en el primer momento.

Tras aquel descanso en la cafetería, fui hacia donde le había dicho a Álvaro que estaría, y me dispuse a esperarlo. Media hora más tarde visualicé a Álvaro en su moto. La aparcó y vino corriendo hacia mí. Sin pronunciar palabra alguna, me eché en sus brazos y comencé a llorar desconsoladamente. Estuvimos unos diez minutos sin pronunciar palabra alguna. Nos fuimos a la parte trasera del tanatorio, donde habían unos cuantos bancos, vacíos. Nos sentamos en uno de ellos, y continuamos sin decir nada, por lo que el silencio, una vez más, volvió a reinar la situación.
Me quedé mirando hacia el cielo. Estaba muy nublado. Volví a pensar en todo. Paul-Sartre, la existencia de Dios, mi padre. “¿Por qué me has hecho esto? Solo era una niña”, era la frase que más circulaba por mi mente. Estaba cabreado con el mundo, con aquel conductor irresponsable que acabó con su vida y con quién jamás pensé que me defraudaría, Dios. En esos momentos tan duros es cuando uno se plantea miles de cosas. Desde mandar a la mierda este jodido e injusto mundo, abandonar la fe, buscar a ese cabrón conductor e insultarle hasta quedarte afónico y de paso, dejar de hablarle a mi padre. En verdad eran cosas que deseaba, pues cada día el mundo me daba más pena. Me desanimaba. Cada día me cuestionaba más el por qué luchar por un mundo mejor si luego hay quiénes, en un ínfimo instante, pueden cargarse toda esperanza. También llevaba tiempo cuestionando la existencia de Dios. Las largas y agradables conversaciones con Álvaro me hacían ver muchas cosas. Y a él. Hablábamos de política, de filosofía, de música y de religión. Él era un ateo irreconciliable. Un anarquista exaltado. Un antiautoritario innato. Él me ilustraba con sus amplios conocimientos de política. Todavía recuerdo cuando me explicó la historia del movimiento obrero y los proyectos anticapitalistas que surgieron en el siglo XX.
Me gustaba mucho escucharle porque me dio un punto de vista completamente distinto al que yo había escuchado. Mi padre siempre me habló de política. Pero cuando me explicaba temas como el marxismo o el anarquismo, su explicación se convertía en un monólogo cargado de subjetividad y adjetivos calificativos no muy gratos. Yo, sin embargo, de lo que tuve el placer de explicarle, fueron mis ideas religiosas y la historia del Carlismo. Lo conocía perfectamente. Era otro tema del que mi padre siempre me había hablado. En mi casa, hablar del Carlismo era algo tan normal como ver el fútbol y jugar a la lotería los domingos en familia. Nunca me agradó esa idea tan conservadora de la sociedad. Siempre fui crítico con la monarquía constitucional, por considerarla inútil e innecesaria, y era un defensor de la libertad de expresión e ideológica, por lo que la monarquía absoluta que defendían los carlistas me era ya demasiado indefendible.

En definitiva, las largas conversaciones con Álvaro fueron muy interesantes. Hace unos dos meses que comenzamos a debatir sobre la existencia de Dios. Él, bajo su incasable “Ni Dios ni amo”, intentaba hacerme entrar en razón de que la creencia en Dios era el efecto de una costumbre inculcada de forma imperativa durante cientos de años y totalmente absurda que nos hace refugiarnos en los momentos de dolor y tristeza. Y además, para él, no es más que un mecanismo del poder para adormecer a la clase obrera. Y sí, en estos momentos recordaba bastante los argumentos de Álvaro contra la existencia de Dios. En él deposité toda mi confianza, y ahora, de un momento a otro, ésta se estaba desvaneciendo completamente.

-”¿En qué piensas?”, preguntó Álvaro.
-”En Dios. Y en aquella conversación que tuvimos hace dos semanas acerca de su hipotética existencia”.
-”Ya... ¿Piensas que te ha defraudado?”
-”Completamente. Ahora mismo, no existe. Si existiera, no permitiría algo así...”
-”Los creyentes tienen la esperanza de que algún día se encontraran con aquellos seres queridos que un desafortunado día perdieron.... Pero creo que lo mejor es asumir la realidad y aceptar cuanto antes su pérdida. Yo no sé si habrá un más allá. Siempre he pensado que no, que es materialmente imposible. Pero tampoco puedo estar cien por cien seguro. Pero mejor vivir como si no lo hubiera. Vivir al máximo y aprovechar el tiempo. Y si un día, tras haber muerto, te despiertas en aquel ideal, bonito, justo y perfecto edén, de puta madre. Pero mientras tanto, mientras estemos en este mundo terrenal, vivamos con lo que hay y luchemos por lo que consideremos justo, porque rallarnos por la existencia hipotética y para nada clara y demostrada de un señor justo, bueno e ideal, lo único que puede hacernos es vivir “felizmente” en la ignorancia”, añadió Álvaro.
-”Ya...”
Me sonrió y me abrió sus brazos sugiriéndome echarme sobre su pecho, en los que me eché acto seguido. Estando atado entre sus brazos, acostado sobre su pecho y mientras él me acariciaba el pelo, apareció mi prima Agustina. La vi cuando aún podría haberme retirado de él y así no levantar más sospechas, pero consideré que eso sería como engañarme a mí mismo, y que tarde o temprano deberían conocer mis inclinaciones, o en el idioma de mi padre, mis mariconerías, así que, armándome de valor, seguí sobre él, tumbado. La noté fría y sorprendida. Cuando estaba a menos de cinco metros me levanté para ponerme bien y así, ofrecerle un sitio en el banco.
Me aparté desganado, triste y confuso. Ella nos saludó con un frío y tímido “hola” al llegar y ver la situación. Yo, tras haberme apartado, le sonreí y le ofrecí sitio en el banco.
Agustina tenía dieciséis años. Nos solíamos ver dos veces al mes y teníamos cierta confianza, aunque ella desconocía mi secreto. Pero tras haberme visto así con Álvaro, estaba claro que no le quedaría duda alguna.
Me preguntó cómo estaba, y la tristeza que impregnaba mi cara le respondió a cualquier duda sobre ello. Agustina propuso dar una vuelta, y accedimos. Tras dos minutos dando vueltas bajo un eterno silencio, lo rompí diciendo: “Éste es Álvaro...”. Se presentaron. Se dieron dos besos con una tierna sonrisa que sacaron de donde pudieron. Realizaron el típico rito absurdo de presentaciones al que todos estamos obligados a hacer bajo un imperativo social que nadie conoce. Aquel rito que entre chicos consiste en darse la mano demostrando hombría y derrochando masculinidad y que entre hombres y mujeres o mujeres y otras mujeres son dos besos seguidos de una sonrisa.
-”¿Es tu chico?”, me preguntó Agustina.
-”Sí”, respondí.
Me quedé pillado pensando en la pregunta que me había hecho con tanta naturalidad. Nunca había hablado con ella de chicas (o chicos). Era un tema tabú entre nosotros. Y de repente, cuando menos me lo esperaba, y en la situación menos apropiada, me lo dijo así, con tanta tranquilidad y serenidad.

Fuimos hacia la cafetería. Nos pedimos un café y algo de comer.
-”¿Dónde está la tita Lou?”, le pregunté a Agustina.
-”En la sala del velatorio... Hay muchísima gente. Tuve que salirme porque estaba comenzando a agobiarme... Me da mucha pena de ella. Es tan injusto...”

Tras cinco minutos apareció Gildo y se sentó con nosotros a merendar. Tras haber estado un rato sin mediar apenas palabra, comencé a entablar una conversación con Agustina. Mientras ella y yo hablábamos del instituto y otros asuntos, intentando poner la mente en otra cosa, aunque fuera por un rato, Gildo y Álvaro comenzaron a hablar. Ellos hablaron de muchas cosas. Desde el trabajo de mi hermano, los estudios de Álvaro, hasta de política. Tras un rato de tertulia, Agustina se fue para acompañar a su madre, mi tita Lorena Augusta, la tita Loren. Fue entonces, cuando por fin, estuvimos mi hermano, mi novio y yo. Los tres juntos, solos.
Media hora más tarde, apareció mi madre y nos dijo que nos iríamos en breve.
-”Id fuera vosotros y os despedís, que yo voy a pagar y a buscar a papá”, sugirió Gildo.
Así hicimos. Fuimos para fuera. Nos despedimos con un fuerte abrazo. Acto seguido, Álvaro fue hacia su moto. Me quedé esperando sentado en un escalón, y a los dos minutos aparecieron mis padres y mi hermano.
-”Vamos, hijo”, comentó mi madre.
Llegamos a casa. Nos sentamos todos en el salón. Mi padre comenzó a hablar.
-”Ezekías... Quería pedirte disculpas. No debí haberte pegado aquel día. Quizás te defraudé como padre. Haber estado este fin de semana fuera... Solo y relajado, me hizo pensar en muchas cosas. Una de ellas fue mi violenta actuación aquel día. También reflexioné sobre tu... sobre... sobre tu homosexualidad. Y bueno, estoy bastante disconforme respecto a esa elección, y para qué voy a engañarte. No me gusta, en absoluto, que te gusten los tíos. ¡Pero dónde se ha visto eso, eh! ¡Dónde!”
En ese momento mi padre comenzó a irritarse, y mi hermano le cortó y comentó: “Papá, esos comentarios están de más. Ahórratelos, porque no es una elección ser homosexual. Si fuera una elección, estoy seguro que Ezekías elegiría ser heterosexual por tal de no escucharte y que te callaras de una puta vez”. Gildo se levantó cabreado y mi padre le dijo: “Hermenegildo, no te consiento que le hables así a tu padre. ¡Ven aquí ahora mismo, que no hemos terminado!”.
Gildo volvió y se sentó. Mi madre estaba pendiente de la situación. Prefería no intervenir, aunque estuvo tranquilizando a mi padre para que éste no se enojara aún más.
Yo permanecí callado, pensando “tierra, trágame”.
-”Bueno hijo, volviendo al tema. No, no me gusta que seas homosexual. Ya sabes cuál ha sido siempre mi opinión respecto al tema. Pero el haberlo reflexionado este fin de semana, y enterarme de la muerte de tu querida prima Valeria, me ha hecho llegar a la conclusión de que tengo que aceptarte tal como seas. Ya sabes que la muerte siempre me ha acompañado despojándome de seres muy queridos. Pensar que puedo perderte cualquier día, y no haber sido el buen padre que podría ser, respetándote con tus virtudes y tus defectos, me harían sentirme fatal. No me lo perdonaría en la vida. Así que voy a intentar respetarte. Pero entenderte me cuesta mucho. Espero que lo comprendas”.
No se me ocurrió qué decirle, así que permanecí callado. Gildo no dijo nada. Hubieron varios segundos de un eterno e incómodo silencio hasta que Gildo me propuso ir a dar una vuelta.
Así hicimos.

VIII

-”Me ha dado mucha rabia lo que ha dicho papá. Menudo imbécil”, comentó Gildo, mientras caminábamos hacia la parada del bus.
-”Ya. Yo me he callado para no empeorar la situación...”, añadí.
-”¿Te fijaste en el detalle de con tus virtudes y tus defectos? ¿A qué se refería con defectos? ¿A que seas gay? ¿Y lo de que no entiende que te gusten los tíos? De verdad, qué hombre más patético. Podrá tener tres carreras y saber hablar cinco idiomas. Pero el que es imbécil, es imbécil”.
Tras montarnos en el bus que debíamos tomar, seguimos conversando:
-”Llevo un mes con una chica. Se llama Bárbara. Es alta, rubia, con el pelo medio largo. Es compañera de trabajo en el instituto. Pero papá y mamá no saben nada... Es mejor que no sepan de mis relaciones mientras no sea que me vaya a casar y a formar una familia, que si no, me la lían”.
-”Qué bien... ¿Y tu militancia política, sigue? ¿O te has hartado ya?”
Tras reírse, me comentó: “Llevo tiempo sin hacer nada, la verdad. No me muevo mucho. Voy a las manifestaciones y a actos puntuales, pero no participo activamente. Además, estoy ya bastante desligado del Partido Carlista... Continuaba en él porque cuando, siendo más jóven y estando más metido, hice muy buenas amistades en él. Pero poco a poco me di cuenta de que discrepaba en muchas cosas. Son de izquierdas, como yo. Pero mantienen una postura un tanto tradicional en muchos aspectos... Y yo, cuanto más mayor me hago, más radical me voy haciendo... Pero bueno, ¿y tú qué? Papá me dijo hace unos meses te castigó por ir a una reunión del 15-M”
-”Sí, y por eso dejé de ir durante un tiempo, aunque siempre que puedo, me escapo. Le digo que voy a otro sitio, y voy con Álvaro a la reunión...”
-”¡Ah!, eso. Álvaro me dijo antes que militaba en la CNT. Discutimos un poco sobre el tradicional debate organización o acción directa... Estuvo muy interesante...”
-”Por cierto, ¿cómo está papá con mamá? ¿Han vuelto a haber problemas...graves?”, preguntó Gildo.
-”Pues hace ya tiempo que papá no le pone la mano encima...”
-”Ah, bueno... Cómo vuelva a ponérsela, algo vamos a tener que hacer...”
Llegamos al centro. Bajamos del bus, dispuestos a buscar un bar en el que pasar un rato. Llegamos a un pequeño y acogedor bar con muy buena pinta. Nos sentamos en su interior. Gildo se pidió un refresco de cola y yo una botella de agua.
Llegó el camarero con las bebidas, y tras irse, comentó mi hermano: “Ahora te voy a llevar a un sitio que te gustará”.
-”¿Ah, si? ¿cuál?”
-”¡Sorpresa!”
Tras salir del bar, fuimos directo hacia el sitio que Gildo quería enseñarme. Llegamos a una céntrica calle. Justo antes de llegar le dije: “¡aquí he estado yo! ¿Me llevas a un grupo de gays y bolleras radicales, no? He estado con Álvaro antes”.
-”¿Ah si? Jopé... Pues esta era la sorpresa... Pero bueno, ¡entonces bien!”
Pasamos de largo y continuamos con nuestro camino.
-”¿Por qué lo conocías?”, le pregunté a Gildo.
-”Pues... ¿recuerdas mis amigos y amigas homosexuales del pueblo? Les acompañé aquí a varias reuniones. Cuando vivíamos en el pueblo, veníamos frecuentemente a Gijón, a Oviedo y a Avilés y ellos frecuentaban venir a estas asociaciones. Yo iba a las reuniones del PC y cuando terminaba venía para acá...”. Continuamos caminando por las históricas calles de Gijón hasta que cayó el atardecer. Fue, entonces, cuando decidimos volver a casa.
Estaba acostado en el sofá del sótano cuando escuché gritar a mi madre. Me levanté y subí corriendo por las escaleras. Mi madre estaba llorando abrazada a mi hermano. Mi padre no estaba.
-”¿Qué ha pasado?”, pregunté.
-”Que tu padre acaba de pegar a mamá...”
-”¿Por qué?”
-”No lo sé, ahora lo contará mamá... Yo llegué cuando ya papá se había ido y me la encontré así”
Tras varios minutos en que mamá se había relajado, empezó a contar:
-”Estaba sentada en la cama y se acercó vuestro padre a preguntarme por una camisa. Le dije que estaba lavándose y se enfadó. Empezamos a discutir, y tras unos minutos discutiendo me dio una hostia así porque así. Le dije que era una mala persona y me dio un empujón.”
Permanecimos callados, en el salón. Fui a prepararle algo caliente.
A la media hora llegó mi padre. Cuando entró en el salón, Gildo se fue hacia él, y le dijo muy de cerca: “Eres un hijo de puta. No te quiero ver en mi vida. O te vas tú de esta puta casa o me voy yo”
-”¿Qué coño dices? Cállate y sigue con lo tuyo. Esto es cosa de tu madre y mía. No te metas donde no te llaman”
Yo permanecí callado. Gildo y el otro seguían discutiendo. Mi madre le decía a Gildo que se callara, atendiendo su papel de madre que no quiere que la cosa empeore.
-”La culpa es de tu madre. Si tuviera las cosas donde las tiene que tener... ¡Es que me irrita! Yo no soy así, pero me provoca. ¿Qué coño quieres que haga, eh?”
-”¿Qué coño dices? ¿Cómo va a tener las cosas en su sitio, si acabáis de llegar de estar fuera un fin de semana y de un velatorio? ¿No tienes ya suficiente con la desgracia que ha caído para que ahora la agraves más con tus gilipolleces?”
-”¿A qué desgracia te refieres? ¿al maricón de tu hermano?”
En ese momento me levanté, me fui hacia él y le dije: “Eres un cabrón, un machista y un homófobo. Te mereces lo peor” Entonces me agarró de la camiseta y tiró hacia él, y cuando estábamos muy cerca me dijo: “como vuelvas a decirme algo así te parto la cara”.
-”Eres un violento de mierda
Me agarró aún más fuerte y me empujó contra la pared, presionándome el pecho y agarrándome cada vez más fuerte mientras me llamaba maricón de mierda. Mi hermano reaccionó e intentó apartarlo mientras le amenazaba con llamar a la policía. Mi madre le suplicó que me soltara, y tras varios segundos de calvario me soltó y se fue.
Mi madre me dio un abrazo y me llevó al sofá, con ella. Mi hermano había ido a buscar a mi padre.
-”Se ha ido de nuevo”, comentó Gildo.
Permanecimos callados durante un rato, sin saber qué decir. Me sentí tremendamente impotente. Tenía mucha rabia. Mucha ira. En ese momento pude aproximarme a cómo se había sentido mi madre durante estos últimos años. Cuando una persona te priva de tus derechos, te sientes despreciado, ultrajado, inferior y vulnerable. Una sensación indeseable e indescriptible.
Se me quitaron las ganas de todo. Así que me fui a mi cuarto y me acosté. Mi madre hizo lo mismo.
Nuevamente, me puse a pensar en muchas cosas. Dios, el existencialismo, Valeria, mi madre y lo que acababa de ocurrir. Tenía ganas de escapar de este mundo. De irme a un lugar lejano y desconocido. Solo. Y olvidarlo todo. Me apetecía bastante desahogarme con Álvaro. Contarle todo lo que había sucedido y que me diera uno de sus consoladores abrazos. Finalmente, me dormí pensando en Valeria y en su madre, mi querida tita Lou.

IX

A la mañana siguiente, Amanda nos preparó el desayuno. A las siete estábamos todos en la mesa del comedor, desayunando como una querida, buena y ejemplar familia. Las caras de mi madre y mía seguían descompuestas. Mi hermano permanecía callado, y mi padre actuaba con toda la naturalidad y normalidad posible. Como si horas atrás nada hubiera ocurrido

-”Hijo, pasame la mermelada, por favor”
Accedí a su petición. Durante el desayuno, ni le miré a la cara ni pronuncié palabra alguna.
Cuando terminé, me fui a mi cuarto para vestirme, preparar la mochila del instituto e ir hacia él.
Cuando bajé a la cocina para despedirme y emprender el camino hasta el instituto, mi padre sugirió: “Ezekías, voy a llevarte, y así hablo con tu profesora y se lo explico”.
-”¿El qué? ¿que eres un hijo de puta?”, le dije delante de todos, incluido Amanda. Tras acercarse a mí y agarrarme muy fuertemente del brazo derecho, me dijo: ”No me faltes al respeto ni una vez más. ¡No te lo vuelvo a repetir! Voy a explicarle que ayer faltaste a clase porque estuvimos en el velatorio...”
Fuimos hacia el coche. Durante todo el camino permanecimos callados. En la radio sonaba Radio María. Como buen cristiano, estará orgulloso de lo que hizo anoche, pensé.

Llegamos al instituto. Fuimos a buscar a mi tutora. Mi padre le explicó el por qué de mi ausencia el día anterior y continué junto a ella para la clase. Mi padre se despidió de mí con un “adiós, hijo”, que ignoré con el mayor desprecio posible. Llegamos al pasillo donde estaba mi clase y allí estaba esperando Amal. Nada más verla, le dí un abrazo. Todos nos miraron, extrañados. Se oyeron rumores de fondo.
-”¿Cómo estás cariño?”
-”Muy mal... Tengo que hablar contigo”
Comenzó la hora de Filosofía. Me daba clase Aurora, mi tutora. Me senté junto con Amal, en nuestro sitio de siempre. Ella me propuso saltarnos la siguiente hora, ir a la cafetería y hablar allí tranquilamente.
-”Ezekías, si en algún momento te encuentras mal, puedes salir tranquilamente. Sin problema, ¿eh?”, me comentó Aurora.

La hora se hizo interminable. No atendí nada. Estuve tumbado sobre los libros, aprovechando que, al estar sentado al final de la clase, pasaría desapercibido.
Sonó la campana que marcaba el final de la primera hora de clase. Cogimos nuestras mochilas y fuimos a la cafetería.

-”Hola, póngame un cola-cao y un té de limón”, le dijo Amal al camarero.
Tras habernos sentado, le dije a Amal: “Supongo que te habrás enterado de lo sucedido...¿no?”
-”Sí... Me llamó ayer Álvaro para contármelo...”
-”Pues eso. Estoy destrozado... No me lo esperaba para nada. El domingo me llamó mi madre para decirme que mi prima estaba muy mal y que venían de camino. Me imaginé que sería algo grave, pero no que estaba...muerta”
-”Además, ayer llegó mi hermano...”, añadí.
-”Sí, también me lo contó Álvaro... Me dijo que es un encanto, que te está apoyando mucho con la movida de tus padres...”
-”Sí, le aprecio mucho... Pero oye, tengo que contarte otra cosa”
-”¿Qué pasa?”
-”Ayer mi padre... Le pegó a mi madre. De nuevo”
-”¿Cómo que de nuevo?, ¿lo ha hecho otras veces?”
-”Sí, aunque llevaba ya bastante tiempo sin levantarle la mano... Pero, además de eso, me pego a mí. Fui a defenderla y me empujó hacia la pared...”
-”¡Joder!, ¡qué cabrón! ¿qué hiciste?”
-”Nada. Me acosté, al igual que mi madre. Mi hermano le amenazó con llamar a la policía y se fue. Esta mañana actuó como si nada
-”¡Qué cabrón! ¿Y Álvaro no sabe nada de esto?”
-”Aún no... No he podido hablar con él”
-”¿Quieres llamarlo por mi teléfono?”
-”No, mejor no, que se va a preocupar... Cuando le vea se lo cuento. Mejor dicho, cuando le pueda ver”
Permanecimos callados. Seguimos tomando nuestro desayuno, y apareció Toñi, la profesora de Física.
-”¿Qué hacéis aquí?”, nos preguntó.
-”Pues que no estoy en condiciones de meterme en clase ahora mismo. No voy a poder concentrarme, y ella ha querido acompañarme”
-”¿Que no estás en condiciones? Al instituto se viene a estudiar, ¿todavía no te has enterado? Hay que ver esta juventud. Os creéis los reyes del mambo por estar en bachillerato... ¡Anda, tirad para clase ahora mismo!”
En ese momento apareció Aurora, y se acercó a nosotros.
-”Aurora, mira a estos niños, que están aquí tan tranquilos cuando deberían estar en clase...”, le comentó Toñi.
-”No te preocupes, Toñi. Les he dado permiso. Ezekías no está en condiciones de dar clase, y Amal, como muy buena amiga suya que es, habrá decidido acompañarle para que no se sienta solo, ¿no es así?”
Los dos asentimos y le sonreímos. Toñi se quedó cortada, sin saber qué decir, y se fue.
-”¿Os ha dicho muchas cosas esta mujer?”, nos preguntó Aurora.
-”Sí bueno, ha empezado a decirnos que nos creemos muy mayores por estar en bachillerato y que nuestro deber es ir a clase, pero bah, da igual”, le comenté.
-”Ya, bueno. Ya sabemos todos como es. En un instituto, como en todos los trabajos, hay gente y hay gente. Quiero decir que no todos van a ser de vuestro agrado. Y ante eso os vais a enfrentar numerosas veces a lo largo de vuestra vida, y entonces tendréis que estar a la altura de las circunstancias y no caer y poneros a su nivel”, nos recomendó Aurora.
Le sonreí y le di las gracias, a lo que ella añadió: “Si necesitas hablar o lo que sea búscame. Y si te vuelven a preguntar qué haces aquí le dices que te he dado permiso, ¿vale?”
Tras haberse ido Aurora, Amal y yo seguimos allí en la cafetería, hablando, donde estuve desahogándome de todo aquello que me amargaba: la repentina, inesperada y trágica muerte de Valeria y el insensato y capullo de mi padre.

Aquel día volví a casa andando cuando las clases habían terminado, pero para nada me apetecía llegar y presenciar aquel oscuro y triste ambiente, que sería protagonizado sin duda alguna por los modales de mi padre y la pasividad de mi madre, la cual estaría hundida en la tristeza que le provocó la pérdida de su sobrina y los ocasionales, pero cada vez más frecuentes, palos de mi padre.
Habían unos veinte minutos de trayecto desde mi instituto a mi casa. Iba transitando por una calle principal tras haber doblado la esquina del instituto cuando pude visualizar de lejos a Álvaro en su moto. La aparcó, se bajó, y antes de decir palabra alguna nos dimos un abrazo. Un abrazo largo del que emanaban continuas señas de cariño, amor y afecto. Un abrazo que, sin duda alguna, necesitaba.
-”¿Qué haces aquí?”, le dije sorprendido, acariciándole la mejilla, mientras sonreía alegremente debido a su presencia.
-”Pues nada, que he venido a buscarte para verte aunque sea un rato. Amal me envió un sms diciéndome que volvías a casa andando y no dudé en venir a recogerte... No sabía cuándo podríamos vernos y cómo contactar, así que se me ocurrió venir”
-”Pero...¿te has saltado la última hora, no? Porque tú tendrías clase ahora mismo, ¿no?”
-”Sí, pero no pasa nada...”
-”Ahora que caigo, ayer también faltaste... Joder, no quiero que vayas a suspender por saltarte las clases para venir a verme, ¿eh?”
-”No te preocupes, por dos o tres días... Además. Tú eres prioritario, y más aún, en estos duros momentos”

Nos montamos en la moto y me llevó hacia mi casa. Nos bajamos y nos despedimos con un fuerte abrazo. Quedó una duda sin resolver: cuándo podríamos vernos de nuevo.
Entré en casa y mi hermano estaba poniendo la mesa mientras mi padre veía la tele.
-”Hola, ¿dónde está mamá? ¿está bien?”, le pregunté a Gildo.
-”Hola Eze, mamá está en el sótano. Comió hace rato... Y no, no está muy bien, la verdad”
Bajé hacia el sótano y pude observar a mi madre acostada en ese hortera sofá de cuero y tapada hasta el cuello. Todo estaba oscuro. Me acerqué hacia ella a fin de saber cómo se encontraba.
”Estoy bien, hijo. No te preocupes... Anda, sube a comer, que tu hermano te ha preparado macarrones” fue la respuesta que obtuve de su parte. Pero demasiado bien sabía yo que ella estaba hundida, compadeciendo a su hermana, y cuya dignidad le había sido despojada unas horas atrás por aquel borrego. Por aquel salvaje.
Le sonreí intentando mostrar tranquilidad y subí para comer. En la mesa estábamos los tres. Mi padre, mi hermano, y yo. Fue un almuerzo tranquilo, pues mi padre supo comportarse, no dando queja alguna ni lanzándome ninguna indirecta. Tras haber comido, ayudé a Gildo a recoger la mesa y a fregar. Mi padre se fue para el sofá a continuar viendo las noticias deportivas, pues si colaboraba en las tareas domésticas podría convertirse en un progre.
Después subí a mi cuarto con la intención de hacer los deberes. Abrí la agenda: Matemáticas, Inglés, Física, Filosofía... Copié de la agenda de Amal los deberes que mandaron el lunes, día que falté además de los que había mandado ese mismo día. Me puse a hacerlos, pero tras cinco minutos de fallidos intentos de concentración me rendí. Fui a la cama y me tiré a descansar. Estaba desganado, entristecido y seguía sin verle sentido al por qué de mi existencia. Los últimos años habían sido de desgracias. La muerte de mi abuela y de mi tío en aquel trágico accidente. La depresión de mi padre y sus consecuencias violentas sobre mi madre y mí, y ahora, la muerte de Valeria. No sabía de dónde sacar las fuerzas. Sabía que debía seguir adelante, pues la muerte es algo con lo que hay que aprender a convivir y a aceptar. Pero no solo era la muerte de esos seres queridos. La situación familiar era horrible. El intento de conservar un prestigio caduco por parte de mi padre, así como sus nobles formas de resolver conflictos, en los que siempre estaba involucrada mi madre, además de la ausencia de mi hermano, el único con quién me entendía, y los problemas que sabía de ante mano que me traerían de ahora en adelante el tener novio, me hacían sentirme aún más triste. No es que hubiera pensado en suicidarme, que también, pero sí que, ahora más que nunca, estuve cuestionándome el por qué coño vivir en este jodido mundo lleno de injusticias. Sin embargo, me planteaba situaciones hipotéticas como mi suicidio, cosa que descartaba rápidamente, pues solo crearía más dolor. No quería que nadie tuviera que pasarlo mal por mí. Lo pensé muchas veces como algo hipotético, pero no como algo que algún día sería capaz de llegar a realizar. Pero en momentos de tan extrema tristeza y soledad, el pensar en suicidarme volvía a mi mente, pero con el objetivo de llegar a realizarlo. Pensaba en cómo podría ser mi vida de ahora en adelante y ello me empujaba a hacerlo. Pensaba que mi padre podría cogerle gusto a esto de pegarme. Podría seguir agrediendo a mi madre con más frecuencia y me prohibiría ver a Álvaro y a Amal, mis únicos soportes emocionales.
Tras haberme echado una siesta de dos horas, me desperté y bajé de la cama. Cuando llegué al salón me dijo mi padre: “han estado aquí dos perroflautas preguntando por tí”
-”¿Quiénes?”
-”No sé, no les pregunté por sus nombres. Les dije que estabas durmiendo”
Tras un rato pensando, caí en que probablemente serían Paula y José. Le describí a mi padre su aspecto y me lo confirmó. Eran ellos.
-”¿Y por qué no me llamaste?”
-”Porque estás castigado”
-”¿Por qué?”
-”¿Cómo que por qué? Aquí las preguntas las hago yo. Tú te callas y punto. Prefiero tenerte en casa, controlado, a que salgas por ahí a mariconear con el anarquista ese”
-”No voy a mariconear. Y el anarquista ese, por mucho que te joda, es tu yerno. Debes ir aceptándolo”
-”Ezekías, no me vuelvas a hablar así. A mi no me jode nada. Si eres maricón, eres maricón, y lo siento mucho. Pero ese tío nunca va a ser familia nuestra. Y si tú sigues así, veremos si también”

Enfurecido y con un terrible sentimiento de impotencia, decidí ir a mi cuarto antes de decir alguna otra barbaridad que provocara una reacción violenta de su parte.
Después de que se me saltaran algunas lágrimas, subió mi hermano a mi cuarto.
-”¿Dónde has estado? Tu padre ha vuelto a enfadarse...”
-”Salí a comprar... ¿Te ha hecho algo?”
-”No. Simplemente me ha castigado sin salir y sin ver a mis amigos”
-”Qué cabrón... Hay que hacer algo ya, eh. Hay que pararlo, porque esto puede ir a más y a saber lo que puede llegar a hacerle a mamá... Me da mucho miedo. Ella debería denunciarle. No sé a qué espera”
-”Por cierto, mañana me vuelvo para Barcelona. No puedo permitirme perder más días de trabajo...”, añadió Gildo.
Fue entonces cuando me hundí más. El peor momento se acercaba. Conocía a mi padre, y sabía que pese a la actitud que tuvo la noche anterior, estaba controlándose por la presencia de mi hermano. Sabía sin duda que, una vez que Gildo marchara, él pagaría toda su ira con mamá y conmigo.

X

Durante las siguientes tres semanas poco varió, exceptuando la ausencia de mi hermano, lo que provocó que mi padre se rebelara más. Mi madre estuvo con continuos altibajos. O bien estaba amargada acostada en la cama, deseando que la muerte llamara a su puerta, o bien, salía a ver a la tita Lou para obligarla a salir y que se mejorara de su horrible pérdida. Mi padre seguía acostado, hundido en aquella depresión que parecía no tener fin, consecuencia de la pérdida de su madre y hermano. Pero la consecuencia final fuimos siempre mi madre y yo, pues entre sus largos momentos de depresión, se desataban frecuentemente ratos de ira. Ratos cortos de ira y odio hacia nosotros, que nos hacían sentirnos de todo menos humanos. Humillaciones, vejaciones, gritos, golpes. Un surtido de malas acciones que a nadie se le ocurriría hacerles a un ser tan querido como lo son un hijo o la persona con quien compartes la vida.
A Álvaro solo pude verlo o antes de las clases, durante algún recreo o a la salida. Yo entraba a las clases a las ocho de la mañana, y Álvaro a las ocho y media o nueve, dependiendo del día, así que algunos días nos veíamos a las siete y media en un bar cercano de mi instituto para desayunar. Otra de las formas que teníamos de vernos era en los recreos. Él tenía varias horas libres a la semana en las horas cercanas al recreo, así que vino varias veces a mi instituto. Nos sentábamos Amal, Álvaro y yo en la cafetería del instituto para conversar un rato. Dejó de venir durante el recreo cuando le llamaron la atención. El director argumentó que “no pueden entrar personas ajenas al centro”. Entonces, la otra alternativa fue vernos un rato a la salida, por lo que él tuvo que saltarse la última hora de clase en diversas ocasiones. Venía en moto, me recogía, nos íbamos a un parque cercano de mi casa, y tras diez minutos de conversación, miradas o de tristes besos que no sabían cuándo volverían a juntarse, cada uno iba para su casa. Todo empeoró cuando un día, en aquel parque, sobre las tres menos cuarto de la tarde, mi padre nos vio. Era un parque no muy grande, con escasas zonas verdes y muchos columpios para los niños pequeños de la zona. No había ningún árbol grande que pudiera escondernos, y nos tumbamos en el césped, uno frente al otro, abrazados.
En el momento que mi padre nos vio, me gritó desde la otra parte de la calle enfurecido: “¡Ezekías!, ¡ven ahora mismo para casa!”. Entonces el miedo se apoderó de mí. Miré a Álvaro con cara de “no sé cuándo voy a volver a verte”, y fui hacia él. Me dio una colleja y me llevo para casa tirándome de la camiseta, mientras me gritaba.
Aquel día estuve castigado sin comer. ¿El motivo? El motivo no fue otro que engañar a mi padre, según sus palabras, pero estaba más que claro que era haber estado con el anarquista ese. Si hubiera estado con una chica, me hubiera gritado, pero para guiñarme un ojo, diciendo mediante gestos y lenguaje no verbal: “¡qué machote estás hecho! Invítala a casa a comer y nos la presentas!”.
Ese día, mientras subía por las escaleras para ir a mi cuarto, mi padre me siguió, y cuando me alcanzó me tiró de una oreja mientras me decía por el oído: “que no te vuelva a ver con ese tío en mi vida, ¿te has enterado?” Tras haber estado llorando, intentando descansar y olvidar lo ocurrido, bajé para intentar comer algo. Mi padre estaba en el sofá y me dijo que me sentara a su lado.
-”Así que todos estos días que te has estado yendo antes a clase y tras salir del instituto, lo que hacías era mariconear con el perroflauta ése, ¿no?”
-”Yo no mariconeo. Y Álvaro no es un perroflauta. Tiene más cultura política y personalidad que tú. Es tu yerno, ¿y? ¿cuándo vas a asimilarlo? ¿cuándo vas a darte cuenta de que mamá y yo no tenemos la culpa de que seas un puto desgraciado?”

El puñetazo que me dio casi me hizo tirarme al suelo. No caí porque me agarré a un mueble. Empece a llorar y subí a mi cuarto, de nuevo. Él se quedó aparentando estar tranquilo en aquel sofá viendo los deportes. Sin embargo, aquel espantoso día pasó. No comí. Ni tampoco cené. Mi madre estuvo ausente. Ni me preocupé en preguntar dónde estaba, puesto que la respuesta sería la evidente: “acostada”.
Durante los siguientes días mi padre, sin gana alguna, se encargó de llevarme y traerme del instituto, para así, asegurarse de que no le engañara para estar con el anarcoperroflautaése. En consecuencia, la única alternativa que nos quedó a Álvaro y a mí para poder vernos fue saltarnos las clases. Y así hicimos. Durante muchos días, estuvimos saltándonos las últimas clases, las últimas tres horas. Nos comunicábamos mediante el móvil de Amal. En el recreo yo me iba y él me esperaba en un parque a diez minutos del instituto. Diez minutos antes de que acabaran las clases estaba yo en la puerta del instituto esperando a mi padre. Afortunadamente él no sospechó, aunque los profesores, sí. El morado que tenía en mi cara a causa del reciente golpe de mi padre, mis frecuentes faltas de asistencia y la caída en picado en mis notas habían creado preocupación en mis profesores. Aurora me persiguió muchas veces por el instituto esperando respuesta de mi parte a su pregunta de: “¿tienes problemas?”. Yo sabía que en ella podía confiar, pero había algo que me retraía contárselo. No podía. Le preguntaba también a Amal, quien se limitaba a decirle: “No está pasando por su mejor momento, pero él no quiere que diga nada”. Aunque hubo un día en que debió decirle la verdad puesto que Aurora me buscó para hablar de nuevo, ofreciéndome su más sincera ayuda y su pregunta fue distinta: “¿tienes problemas en casa?”. No pude evitarlo. Rompí a llorar y se lo conté todo. Mi relación con Álvaro, la imposibilidad de vernos, el maltrato que mi padre ejercía sobre mi madre y sobre mí. La depresión en la que se encontraban ambos. Ella mostró seria preocupación. Me dijo que tuviera paciencia, me dio varios números de teléfonos a los que llamar en caso de que me volviera a ver envuelto en esas situaciones. El número de atención al menor, de la mujer maltratada, de la policía y el suyo. Me preguntó si quería que ella le contara a los otros profesores que estaba pasando por una mala época para que así, estuvieran al tanto del por qué de mis notas, de mis faltas y de mi despiste en clase. Le dije que sí, pero que por favor, no les contara detalles. Que solo supieran que no estaba bien.
La situación siguió sin variar. Mis padres, depresivos. Yo me saltaba las clases para ver a Álvaro. Mi notas iban en descenso abismal y las faltas aumentaban. La preocupación de los profesores, también. Un día llamé a aquel teléfono para exponerle mi caso, puesto que era un número secreto de esos que ni aparecen en la factura. Me dijeron que hablarían con el asistente social de mi zona y que éste se pondría en contacto con mis padres.
Mis padres fueron citados mediante una carta para verse con el asistente social. Fueron sorprendidos sin saber el por qué de esa cita. Yo me encontraba en clase cuando mi tutora me llamó para decirme que habían llamado reclamando mi presencia en el asistente social. Le dije, por favor, que no me dejara solo, que me acompañara. Ella habló con el director, a quien tuvo que contarle la gravedad del caso y me acompaño. Esperó fuera, mientras mis padres y yo hablábamos juntos con la asistenta social. Ella nos preguntó si teníamos problemas como familia. Mi padre no paraba de preguntar el por qué estábamos ahí y quién había llamado. Llegó el turno de hablar uno por uno con ella, incluida Aurora. Yo le conté todo con pelos y señales. Le dije que estaba harto, que vivía en un infierno. Que dicha situación era la causa de mis suspensos y de mi estado emocional. Que mi madre llevaba varios años siendo su esclava.
-”¿Qué podemos hacer?”, le pregunté.
-”Lo mejor en el caso de tu madre y tú, es que le denunciéis. Como ella tiene independencia económica respecto a él, tenéis fácil lo de iros solos a vivir a otro sitio. Y luego, una vez denunciado, que la justicia siga su curso”
-”Pero, ¿y ahora mismo qué? Si mi madre y yo volvemos a mi casa con mi padre, nos mata. ¿Qué podemos hacer ahora, ahora mismo?”
-”Si queréis, podéis ir a denunciarlo mientras yo hable con él. Os llevarán a un centro de acogida de mujeres maltratadas, en el que estaréis hasta que el juicio se celebre, que no suele ser muy tarde. Tu padre no podrá localizaros”
-”Pero... Él sabe dónde estudio. Aunque me vaya a vivir allí, me encontraría fácilmente”
-”Pero os tendríais que ir al centro de acogida de otra ciudad, para que así no pueda encontraros...”

Mientras Aurora hablaba con la asistenta social, mis padres y yo esperamos. Él preguntaba continuamente que qué me habían preguntado. Yo le dije que simplemente querían saber cómo estaba, y punto, que no pasaba nada, que no se preocupara.
Cuando llegó el turno de mi padre, le dije a mi madre lo que la asistenta social nos había recomendado. Ella cedió, y fuimos a la policía a denunciar. Aurora nos llevó en su coche. Ella estuvo consolando a mi madre y animándola a hacer lo que estaba haciendo. Mi madre tenía mucho miedo, pues pensaba que esto podría ser aún peor ya que se enfadaría mucho, pero Aurora y yo insistimos en que era un sistema muy seguro. Que no podría encontrarnos.

Tras varios kilómetros de viaje en coche de policía, llegamos al centro de acogida con miedo e inseguridad. No sabíamos a que podríamos enfrentarnos. Nos atendieron muy bien. Nos dieron un dormitorio, nos enseñaron las instalaciones. Era una casa normal, que pasaba totalmente desapercibida. Nos dijeron que, puesto que estábamos en otra ciudad, podríamos salir, ya que no correríamos tanto peligro. Nos enseñaron el teléfono, el cual podíamos usar siempre que no rebeláramos la ubicación del centro. No lo pensé dos veces y llamé a Álvaro.
-”Hola cariño, soy yo”
-”¡Hola!, ¿Estás bien? Me dijo Amal que te fuiste en mitad de la clase...”
-”Sí, bueno... Mi madre y yo hemos ido a denunciar a mi padre, y nos han mandado a un centro de acogida de mujeres maltratadas... Estoy en Avilés”
-”¿Pero qué dices?”
-”Sí, estamos aquí, pero no te preocupes, que podremos vernos. Pero solo aquí. Yo no puedo salir de la ciudad porque corro peligro. Ni tampoco puedo volver a Gijón. Estamos aquí hasta que el juicio se celebre. Luego mi madre y yo nos buscaremos un piso...”
-”Ah vale, me habías asustado. Pensé que no podría verte... Me has dejado de piedra... Pero entonces, ¿fenomenal no? Ya era hora de que os decidierais a denunciarle. Me imagino que debe ser difícil, pero teníais que hacerlo...”
-”Ya... Menos mal. Ha sido gracias a una profesora a la que le conté todo. Ella estuvo presionando a mi madre para hacerlo. Hasta nos llevó a la policía... Oye cariño, te tengo que dejar... Te llamaré en cuanto pueda. Y no te preocupes, que podremos vernos, aunque solo pueda ser viniendo tu aquí... Un beso”
-”No te preocupes, yo voy sin problema, hay solo media hora de camino... Te quiero”

Tras hablar con Álvaro y quedarme tranquilo, telefoneé a Amal y a Gildo. Mi madre llamó a la tita Lou y a algunos familiares más.

***

Durante las dos siguientes semanas mi estado emocional aumentó considerablemente. Ingresé en un nuevo instituto cercano al centro de acogida en el que vivía. Álvaro vino a verme cada tres o cuatro días y pasamos las tardes descubriendo aquella ciudad nueva para mí, y que marcaría un nuevo destino en mi vida. En muchas ocasiones vino acompañado de Amal, Paula y José.
En el instituto nuevo hice amistades rápidamente. Debido al cambio que había sufrido en mitad del segundo trimestre, acompañado de la racha de malas notas que tuve en el último mes, las notas fueron muy malas. Suspendí cinco asignaturas. El último trimestre iba a ser muy corto, por lo que no estaba seguro de si podría aprobar todos los suspensos y así, evitar tener que hacer selectividad en septiembre. Las vacaciones de Semana Santa las pasé en el centro de acogida, estudiando para las asignaturas, cuyos exámenes de recuperación tendría a la vuelta de las vacaciones. El juicio contra mi padre se acercaba. Sería, también, nada más empezar el nuevo trimestre.

El día del juicio contra mi padre lo recuerdo perfectamente. Fue la primera vez que le veía después de tres semanas. Fue muy rápido, simplemente tuve que responder a varias preguntas que el Juez me hacía, y mucho antes de lo esperado el juicio concluyó con la vista del Juez a nuestro favor. Éste ordenó una orden de alejamiento respecto a mi madre de 400 metros. Debido a mi esclarecedor y sincero testimonio, mi total custodia fue concedida a mi madre, aunque en tan solos unos meses ya sería mayor de edad, aunque tendría que abonar una pensión compensatoria, y en el caso de seguir estudiando en la universidad, pagarme parte de los gastos que ésto acarreara. Ese día marcó un antes y un después en mi vida. Los palos que mi madre había sufrido de su parte cesaron por completo y teníamos el respaldo de la ley. Sería el momento, pues, de abandonar la casa de acogida y emprender una nueva vida. Mi madre tuvo que pedir un traslado en el trabajo. Pidió que la destinaran a otra ciudad, ya que la ubicación de la universidad en la que había trabajado estos últimos años era conocida por mi padre. Finalmente, tras dos meses de espera, en los cuáles tuvo que pedir una excedencia para evitar siquiera pisar su anterior centro de trabajo, la destinaron a una universidad privada católica de Madrid. La avisaron a finales de Junio. Un amigo suyo de la Facultad que ostentaba altos cargos en ella y que tenía amigos que eran reconocidos docentes en la Universidad Privada tuvo que ayudarla para que fuera contratada lo antes posible. Y así fue. A principios de Julio, mamá tenía ya un destino definitivo en un nuevo lugar por descubrir y conocer.
Por mi parte, conseguí aprobar todas las asignaturas, aunque con simples suficientes, y en algún caso, con un bien. Me presenté a Selectividad y aprobé modestamente, pero fue suficiente para entrar en la carrera que llevaba años soñando estudiar: Física.
Como mi madre fue destinada a Madrid para el siguiente curso, yo debía tomar la decisión sobre dónde estudiaría, si con ella en Madrid, o en la Universidad de Oviedo. La idea de irme a Madrid no me agradaba puesto que supondría comenzar una vida nueva, otra vez. Debería hacer amigos de nuevo y abandonar a Álvaro. Quería mucho a Amal y a Álvaro como para dejarlos marchar tan fácilmente. Mi madre me dio vía libre respecto al destino donde estudiar. Ella va a estar sola en Madrid, pensaba. Pero era hora de tomar las riendas de mi vida, y también de que ella tomara las suyas. Irme con ella podría inducir al error, pues ella no terminaba de entender mis maneras homosexuales, aunque las respetara. Debía comenzar sola una nueva etapa en su vida. Conocer gente, hacer amigos, perderse. Y por qué no, encontrar a alguien que la haga feliz, tal como se merece. Mi hermano me convenció a tomar la decisión final de estudiar en Oviedo, y ocupó un gran papel en consolar a mi madre sobre la soledad que se le vendría encima a partir de ahora, pero que debía afrontar, pues, en palabras de mi hermano: “lo peor ha pasado ya. Debes seguir adelante tú sola”.
A mediados de Septiembre estaba ya instalado en un piso que alquilamos en Oviedo Amal, Paula, Álvaro y yo. Mi dormitorio, compartido con Álvaro, tenía una cama de matrimonio. Era luminoso y no muy grande. De la pared que daba a su parte de la cama colgaba una bandera rojinegra y en su mesita de noche había un libro de Daniel Guérin que le había regalado días antes. De la mía, un marco de fotos que albergaba un collage de fotos de Valeria. De pequeña, en carnaval, más mayor, en la playa. Con su madre. Conmigo. Habían, además, otros marcos de fotos junto a otras personas muy importantes en mi vida, como una foto de este mismo verano en las calles de Barcelona junto a mi hermano Gildo.
Teníamos una pequeña estantería repleta de libros que pertenecían a ambos. Obras anarquistas de Álvaro como Dios y el Estado, Estatismo y Anarquía. Jim en el Espejo, libro que mi hermano me regaló cuando fui a visitarle y cuya lectura hizo sentirme muy comprendido. Diversas obras como El Ser y la Nada y O lo uno o lo otro. Mi Vida Sin Ti, libro que me regaló Álvaro en verano y con el que también me sentí muy identificado. El Mundo de Sofía, El Hombre Unidimensional, La noche detenida, Marina, varios libros de poesía de Álvaro y otros muchos libros de Filosofía de ambos.

Paula pasaba a segundo curso de Medicina, Amal entraba en su misma facultad, Álvaro entraba a cursar segundo de Física en la misma facultad en la que yo pasaría a formar parte en cuestión de días.

El verano lo pasé entre Barcelona, donde estuve tres semanas visitando a mi hermano, Madrid, donde pasé otras tres, y el resto en Gijón, en las casas de mis titas Loren y Lourdes. A mi casa solo fui en Septiembre para coger objetos personales que quería llevarme a mi nuevo piso de Oviedo. Mi padre tuvo el placer de saber qué estudiaría y dónde, pero no supo nada de mi madre, a pesar de su insistencia. La casa estaba extremadamente desordenada y muy sucia. Él presentaba también un aspecto físico degradante. Daba pena. Ese fue el comienzo de lo que meses más adelante le sería diagnosticado como Síndrome de Diógenes.

En Octubre comencé la Facultad junto a mis compañeros de piso. Empecé una etapa en mi vida que meses antes me hubiera sido imposible ni siquiera llegar a imaginar. Vivía solo, era independiente, pero con la agradable compañía de mi novio, mi mejor amiga y con una colega muy enrollada y buena gente. El primer día de la Facultad fue genial, increíble e inolvidable.
Mientras caminaba cogido de la mano con Álvaro por la calle de camino a ella pude degustar la sensación de ser libre, de no tener nada que esconder ni de temer consecuencia alguna por expresarme tal como siempre me había sentido. Álvaro y yo salimos del piso a las nueve de la mañana. El primer día consistía en una presentación del curso a todos los estudiantes, y en especial, a aquellos que por primera vez pisábamos la universidad. Tras entrar por sus puertas visualicé con agrado lo que a partir de entonces sería mi segunda casa. Un lugar con bastante encanto, muy amplio, y que contenía a personas muy diversas que no se espantaban de nada, que iban totalmente a su bola. Era un lugar muy abierto. Algo completamente nuevo para mí. Algo nuevo por descubrir.

Álvaro y yo llegamos a la puerta de la enorme sala en la que el Decano de la Facultad nos daría la charla-presentación. Antes de entrar miré a Álvaro, y con una sonrisa le dije: “voy para dentro, después nos vemos”.
-”Yo no tengo nada que hacer, así que si quieres después podemos ir a comer a un Buffet libre asiático que conozco que sé que te encantará”
-”Perfecto, me encanta la idea”
Acto seguido me acerqué a él para darle un beso de despedida.

-”Te quiero. ¡Luego nos vemos!”


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