sábado, 23 de febrero de 2013

TONTO


Durante aquellos dos meses en los que mi desierto frigorífico estaba ocupado por medio paquete de salchichas, una lata de cola Día y una lechuga medio podrida me planteé ir a un Supermercado, entrar, coger lo estrictamente necesario para comer a lo largo de la semana y salir por la puerta, sin pagar. Pero no pude. Fui tonto. Pero qué iba a hacer. Eran dieciséis tiernos años los que llevaba estando sujeto a aquella norma moral cristiana, impuesta tradicionalmente, que imponía tajantemente no robarás.
Sin embargo, sufría impulsos en los que pensaba y planeaba cómo robar, dónde esconderlo, qué hacer si me pillaran. Pero no, no tuve ovarios de hacerlo.
Desde pequeño fui criado bajo unas normas éticas de convivencia. Siempre fui un chico medianamente soportable por mis padres: responsable, callado y nada problemático. Por lo tanto, la idea de robar me era una idea totalmente descabellada. Algo que podía ir a peor, a algo horrible, repugnante, qué solo hacen los drogadictos y las putas.
Sin embargo, si hoy estuviera en esa situación no lo pensaría dos veces. No dudaría en pecar, delinquir, hurtar.
Estamos educados desde pequeños en pagar la hipoteca, la luz (cuyo precio sube exponencialmente, ahogando al consumidor), la factura del teléfono (cuyas compañías nos estafan con la basura del contrato de permanencia), los impuestos (que nos exige un Estado que prefiere cubrir antes las necesidades de los mercados que las de los ciudadanos)... Pero esta moral va a tocar su fin, porque de forma inevitable va a llegar la hora de la Desobediencia Civil, del robo masivo a supermercados, a farmacias (en cuanto comiencen a encarecerse los medicamentos)... Va a llegar la hora de la rebeldía. De la Revolución.
El pueblo reacciona, se levanta, se rebela, y se arma contra el Estado opresor ante una situación de extrema necesidad. Por entonces, yo no formaba parte de esa extrema necesidad, pero sí estuve cerca de ella. Vi un frigorífico vacío que parecía no llenarse nunca. Veía como el escaso dinero que entraba en casa iba encaminado a pagar la hipoteca y a los sinvergüenzas de Endesa. Ante mi indignación, mis padres respondían mediante suspiros: “hijo, pagar es lo primero. Luego tiramos como sea”. Pero no es así. No podemos resignarnos y entregarnos pasivamente a continuar el ciclo de este corrupto sistema como si nada estuviera ocurriendo. Porque está pasando algo muy gordo. No se trata de ninguna tontería. Es una estafa. Una puta estafa, donde las desigualdades económicas se están polarizando agresivamente. Donde los ricos son más ricos, y los pobres, somos más pobres.
Ahora no lo dudaría. Siendo la misma persona responsable, callada y nada problemática, consideraría el hurto como el acto más digno del que un necesitado y futuro precario puede valerse como forma de rebeldía ante un sistema que no le escucha, que le ignora, que pisotea los derechos laborales y económicos adquiridos durante siglos de lucha por parte de la clase obrera. No lo dudaría.




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